Bar Nacional “de Huérfanos”, Empanadas y Otras Cosas Notables
Nada que hacer con la empanada de pino de El Bar Nacional, una de las mejores del centro. Sabrosa, jugosa, con el aliño y sal justas. Y lo más notable, nada aceitosa.
No es para todos los días, pero puede resolver esos momentos de indecisión, de falta de tiempo, de apetito en principio menguado, pero luego entusiasta. La empanadita frita de pino aquí es notable.
El almuerzo, la merienda, el tentempié o la horrible expresión “colación” no siempre puede ser cómoda, abundante y placentera en el centro de Santiago. Hay de todo y para todos los gustos, aunque pocas cosas buenas, bonitas y baratas.
Por otra parte el ánimo, el tiempo y los apetitos no son siempre los mismos, y la misma variabilidad de apetencias nos da a veces sorpresas y placeres que creíamos olvidados.
¿Almorzamos en algún naturista, nos conformamos con una ensalada o un sándwich de miga en los nuevos localcitos que se multiplican en las galerías de las calles principales o de frente atacamos un lomito en el Mermoz o en el Nacional de Bandera?
El Nacional, el Nacional… ¿Y si nos comemos una empanada frita de pino en el local de Huérfanos al que vamos poco?
Dicho y hecho. “Pero una no más. Y en la barra, claro que con pisito mirando a la calle”.
En menos de un minuto vienen las dos de pino, bien calientes, recién fritas, de un bonito dorado pálido y plenas de un pino jugoso, sabroso y nada enrojecido de ají. La alta temperatura y la buena calidad de aceite hacen que las empanaditas (ni tan chicas, por lo demás) huelan muy bien y no engrasen los dedos ni las servilletas de papel.
El garzón, preciso, cortés y flexible, depone la oferta de Casillero del Diablo y se allana a traer media botella de Cabernet Sauvignon de Santa Ema.
Las empanaditas han desaparecido y el vino está muy bueno, pero queda. Así es que hay que pedir dos empanadas más, que el garzón parecía tener listas dada la prontitud con que llegaron.
¿Nos vamos, o media más? Nos preguntamos los dos hipócritas, aludiendo a las empanadas y no al vino.
-“¡Qué media más! ¡Una y una, para comparar pino contra queso!
Llegan la quinta y sexta empanada. “¡Y la cuenta para no seguir pecando!”.
Ambas desaparecen y la de queso estaba correcta, pero nada que hacer con la de pino, una de las mejores del centro. Sabrosa, jugosa, con el aliño y la sal justas. Y lo más notable, flexible, dócil y nada aceitosa, el mejor mérito.
No preguntamos cuánto costaba cada una, pero las seis empanadas y la media de “Ema” llegaron a $8.400.
Nos fuimos contentos como unas Pascuas, con un mediodía de semana diferente y deleitoso.
Muy reiterable.
Fuente: La Nación
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