Las Iglesias del Altiplano, Cuestión de Fé

Entre quebradas, valles y montañas de la región de Arica y Parinacota, hay un tesoro. Más de 80 iglesias coloniales congeladas en el tiempo. Un conjunto patrimonial cuyo valor acaba de ser reconocido internacionalmente, gracias al trabajo de la Fundación Altiplano.
Las imágenes emergieron a través de la cal. Pájaros revoloteando entre flores y frutas, surgiendo como un sueño bajo una nube de polvo blanco. Un mural del siglo XVIII descubierto por un grupo de estudiantes inexpertos, raspando la cal que cubría los muros de la iglesia San Bartolomé de Livilcar.
Un templo de adobe que casi tres siglos después de su fecha de construcción -1728- aún se mantiene en pie, en una quebrada al final del Valle de Azapa.
Esa iglesia es uno de los dos templos que conservan en Chile, un retablo colonial de pan de oro. La herencia de una comunidad ancestral y devota que como tantas otras, vuelve a habitar el pueblo abandonado durante la fiesta de su Santo Patrono. Los descendientes de los pobladores que emigraron hacia Arica desde los años 50, dejando al viento como único habitante.
Junto a la aparición del mural, vino la revelación de Magdalena Pereira (31), por entonces estudiante de Historia del Arte en la U.C de 18 años, quien se encontró a sí misma -y de manera inesperada- raspando el muro de una iglesia perdida en el mapa.
“Me pareció increíble que esta maravilla estuviera en manos tan jóvenes. Sentí una responsabilidad enorme, me di cuenta del estado precario en que se encontraba el patrimonio nacional”, recuerda.
Lo dice en su casa de Arica, trece años después de ese descubrimiento. Lo dice mientras sus tres hijos (Cristián de cinco años, Candelaria de tres y Juanito de uno) revolotean entre maderas y herramientas, por el modesto taller de restauración que armó junto a su esposo en el patio.
“El Padre fue muy astuto. Nos invitó a una expedición a caballo, pero al final terminamos caminando nueve horas por una quebrada para llegar, sin saberlo, a restaurar la iglesia”, cuenta.
“El padre” es el sacerdote Amador Soto, misionero y principal impulsor de la Fundación Altiplano, cuyo trabajo ha sido clave para la organización creada en 2001 por Magdalena y su esposo Cristián Heinsen (35), con la ayuda de amigos y familiares. Una fundación que después de una década de trabajosa siembra, codo a codo con las comunidades andinas y el Obispado de Arica -presidido por el obispo Héctor Vargas-, hoy cosecha nuevos frutos. Y lo hace con el reconocimiento y apoyo de instituciones a nivel global.
“Nos dimos cuenta a qué íbamos a Livilcar, cuando el Padre Amador nos recibió en Arica. Había gente que aplaudía, agradeciendo a ‘estos jóvenes que van a restaurar la iglesia’”, dice Cristián, quien invitó a Magdalena, por entonces su polola, a esa expedición. El momento en que la pareja viajó en el tiempo y encontró su destino. “Recuerdo al jefe del pueblo metiéndose a las casa y prendiendo azufre para matar a las vinchucas. Una imagen dantesca, de casas que se iluminaban por fracciones de segundo” dice Cristián.
“Al día siguiente los hombres se dedicaron a preparar el adobe y las mujeres a sacar la cal de los muros” cuenta Magdalena. Entonces descubrieron el mural y se pusieron a trabajar. Y desde ese día no pararon más.
LA MISIÓN
Magdalena prepara su maleta antes de apagar una vela -una de esas velas blancas y gruesas que se ocupan en las casas cuando se corta la luz, empotrada en medio de una torta-, luego que su familia, dos jóvenes de la Fundación y este periodista le cantaran el “Cumpleaños Feliz”.
Razones para celebrar este 2009 hay muchas.
Este año el Plan de Restauración de las Iglesias de Arica Parinacota desarrollado por la Fundación, recibió el Sello Bicentenario y fue incluido por la World Monument Fund, una institución que trabaja en la recuperación de sitios patrimoniales en peligro alrededor de todo el mundo, en su lista de proyectos urgentes.
Un reconocimiento que les permitirá postular a fondos internacionales, tal como sucedió con las iglesias de Chiloé.
A eso se suma que “La Ruta de las Misiones”, el proyecto de “turismo sostenible” concebido por la Fundación y trabajado junto a la PUC, un plan que busca reactivar económicamente a las localidades que sostienen ese conjunto de iglesias, resultó ganador destacado del Corfo Innova 2008.
“Restaurar no es sólo recuperar un edificio para deleite de los historiadores del arte. Valorizar una iglesia andina -más allá del adobe, la arquitectura, el estilo-, es valorizar a la comunidad que ha logrado conservarla durante 400 años”, explica Cristián.
“Nuestro gran objetivo es fortalecer a las comunidades que se van a hacer cargo de las iglesias restauradas, con turismo sostenible, producción agrícola orgánica, etc… Así la juventud descendiente de esos pueblos, que están en Arica, va a encontrar una alternativa de vida bastante interesante. Ese es el enfoque que le gustó a la World Monument Fund. Es mucho más que sólo restaurar iglesias”.
Hay mucho por lo cual celebrar, pero no es el momento.
Porque como enseñan las culturas andinas que tanto admiran Magdalena y Cristián, hay un tiempo exacto para todo. Y este es el momento de seguir trabajando.
Por eso Magdalena parte a España, donde recorrerá el Camino de Santiago de Compostela, una experiencia similar a la que pretenden crear con “La Ruta de las Misiones”. Lo hace prometiendo que probará la torta a su regreso. Y cuando lo hace, nadie de su familia come ni un solo bocado.
CAÍDOS DEL CIELO
“Siempre que venía el padre me hablaba de Livilcar, un pueblito perdido al que sólo se puede llegar a caballo” recuerda Cristián, manejando una desvencijada camioneta por los serpenteantes caminos que llevan a Esquiña. El transporte familiar que compraron de segunda mano en 2004, y con el que calcula, ha recorrido más de 180 mil kilómetros acarreando materiales y gente a las faenas de restauración. El único vehículo con el que cuenta la fundación.
“Un día me llamó para que me viniera con un grupo. Y se armó uno: puros patanes donde no había ningún devoto. Todos vinimos engrupidos con la excursión, con la idea de meterse a caballo por la cordillera con un grupo de minas”, confiesa.
Pero como se sabe, misteriosos son los caminos del Señor. Tan misteriosos como ver a un hombre acarreando agua, para regar flores en medio del desierto.
Así se cruzaron los caminos del Padre Amador y Cristián, cinco años antes del viaje a Livilcar, cuando él era un estudiante del Colegio Apoquindo de 17 años, haciendo dedo en el Valle de Lluta. Específicamente en Poconchile, el pueblo cuya iglesia, doce años más tarde, sería la primera en ser restaurada por la Fundación. El viaje al mundo andino que Cristián, y luego Magdalena, repetiría constantemente.
“Regar el desierto con agua es algo que ha hecho ese hombre todo este tiempo”, dice Cristián. “Él veía lo mismo que vimos nosotros después: que estas comunidades tenían un tesoro con su cultura, y que se podía trabajar con ellos para generarles un beneficio muy real”, dice en un viaje de tres horas sólo interrumpido por el desprendimiento de parte de la carga: maderos para armar los tijerales de la iglesia de Esquiña.
Aunque en su adolescencia Cristián “no quería saber nada de curas ni de religión”, le hizo una promesa a ese sacerdote que en lugar de darle sermones, lo invitaba a conocer familias andinas y a comer asados de cordero. Le prometió que llegando a Santiago, lo ayudaría con el sueño de restaurar iglesias y armar su misión.
Primero realizó una colecta, sin mucho éxito. Y lo poco que juntó se lo mandó al padre. Tozudo, como se define a sí mismo, al final logró que el rector del colegio Apoquindo, enviara al centro de alumnos a conocer el trabajo social del padre. Un viaje del cual saldrían varias personas que ayudarían a la Fundación hasta el día de hoy, entre ellos su representante legal, el abogado Nicolás Vergara Correa.
“Muchas de las cosas con las que pensamos que estamos abriendo camino, el padre ya las hizo mucho antes y con dos chauchas”, dice Cristián.
LOS CAMINOS DEL PADRE AMADOR
Fue el padre Amador quien recorrió muchas veces a pie los “caminos troperos”, esos ancestrales senderos que cortan los cerros por toda la región andina, uniendo valles, quebradas y pueblos altiplánicos. Caminos recorridos desde tiempos prehispánicos por indígenas que intercambiaban alimentos, y que los españoles usaron entre los siglos XVII y XVIII para transportar la plata de Potosí al puerto de Arica, haciendo escala en los poblados donde se sitúan las iglesias que la Fundación trabaja por restaurar.
El padre Amador (49) lleva 21 años recorriendo todos esos pueblos desde que llegó de su natal Doñihue. Por eso en cada curva del camino, poblado o camino tropero, es capaz de recitar de memoria el nombre de quienes fallecieron en algún accidente carretero, las familias que componen la aldea, o los pueblos que conecta tal o cual sendero, incluido el tiempo que uno demora en recorrerlos, como lo haría cualquier antiguo habitante de la zona.
En su trayecto personal, el padre Amador reunió a las comunidades para reparar cuanto cementerio e iglesia pudo, intentando convencerlos de usar materiales tradicionales (adobe y paja), y no fierro y concreto. “Creen que así no se van a caer con algún terremoto. Pero una construcción de adobe bien hecha resiste perfecto, como la iglesia de Codpa que existe desde 1660″, dice el sacerdote.
Con su paciente y silenciosa labor, el padre Amador se ganó el cariño de las comunidades. Y se convirtió luego, en un nexo entre los pueblos y la Fundación, la cual a través de un riguroso trabajo de investigación, llevó su trabajo en terreno a un elevado nivel académico y de construcción.
Entre 2000 y 2001 Magdalena recorrió todas las iglesias de Arica y Parinacota, con la ayuda logística del padre, armando un completo catastro de sus bienes, trabajo que sería clave en los posteriores proyectos de la Fundación. Para reconstruir la historia de las iglesias a restaurar, basa sus investigaciones en los libros parroquiales que debe buscar en Arequipa, Lima, Sucre y La Paz. Y el tema del adobe, proscrito como material de construcción en Chile pero que se usa sin problemas en temas de restauración en México, EE.UU, Perú y Bolivia, lo trabajan con artesanos aymarás de Puno -en los pueblos del norte chileno ese oficio se perdió-, ingenieros alemanes de la U. de Leipzig y el experto Julio Vargas, principal autor de las normas de construcción en adobe del Perú.
Un tema “polémico” entre restauradores, arquitectos e ingenieros chilenos, que les valió acusaciones de “puristas” y “hippies”. Un tema que precisamente pasó su prueba de fuego con la iglesia de Poconchile, la primera que restauraron, y cuyos trabajos terminaron en mayo de 2005. Un mes antes del terremoto grado 7,9 en la escala de Richter que afectó a la zona.
“Estábamos aterrados”, cuenta Cristián. “Como los caminos estaban cortados, tuvimos que bajar por los cerros con mi hijo mayor en brazos, que en ese momento tenía menos de un año. Pero fue un éxito, la iglesia no sufrió daño alguno. Sólo se craqueló el estuco que cubría el adobe y se abrieron dos anclajes de madera, en una parte en que no pudimos desarmar el muro por falta de plata”, dice sobre la restauración que financiaron, en parte, vendiendo sus regalos de matrimonio. La restauración que llevaron a cabo durante su primer año sin tener un vehículo propio, transportando los materiales en colectivos y micros.
A pocos meses de ese terremoto, ya estaban llevando a cabo la restauración de la iglesia de Chitita, una que finalizó en 2007, dejándolos al borde de la bancarrota justo cuando nacía su tercer hijo. Entonces el matrimonio decidió ponerse un plazo de dos años, para lograr números azules.
El primer gran apoyo vino del arquitecto, historiador y padre benedictino Gabriel Guarda, Premio Nacional de Historia 1984 y pionero del rescate patrimonial de Valdivia y las iglesias de Chiloé, quien aceptó ser parte del directorio de la Fundación. Luego llegaría la Compañía General de Electricidad, empresa que financió buena parte de la costosa restauración de Esquiña, y el reconocimiento de la World Monument Fund.
EL CIELO Y LA TIERRA
Teléforo Moyo. Así dicen que se llamaba el último marchante boliviano que se vio bajar por los cerros que rodean a Esquiña. Dicen que apareció el 2001, con dos mulas cargadas con charqui, orejones (peras secas) y abarcas (ojotas), para ofrecer sus mercaderías como lo hicieron durante siglos, muchos antes que él.
Don Gregorio Guaglia (68) dice que hace treinta años que no ve bajar a nadie por esos caminos. Pero hay otros que dicen que es cierto, que Moyo era real y no un espectro de tiempos pasados.
De lo que sí se acuerda don Gregorio es de cómo era la vida en Esquiña antes que construyeran la carretera en los 70 y los jóvenes del pueblo se fueran a Arica para nunca más volver.
La época en que esos caminos troperos se llenaban de gente buscando los corderos que le dieron fama al pueblo desde tiempos coloniales. La época en que los habitantes de Esquiña se reunían cada año para elegir al “fabriquero” -honorífico cargo de cuidador del templo-; no como ahora, que él lleva cinco años en el cargo. La época en que cuando había que cambiar la techumbre de la iglesia todo el pueblo salía a cortar paja, cuando “uno era para todos y todos para uno”, no como ahora que “nadie da puntá sin hilo”. Por eso le agradece a la Fundación por arreglar su iglesia, pero no puede dejar de preguntarse qué va a ser de su querido pueblo cuando los huesos ya no le den para arar la tierra, y tenga que irse a Arica con sus hijos.
Don Gregorio habla en un pueblo que tiene más cruces en su cementerio que gente caminando por las calles, añorando ese espíritu comunitario que aún se ve vigoroso en pueblos como Belén, donde la gente se reúne a sembrar las papas del Santísimo en la ceremonia del Pachallampe. Papas que todo el pueblo cuidará durante seis meses, hasta que las cosechen en una gran fiesta. Un pueblo donde los habitantes aún se organizan para repartirse la escasa agua de riego, en el siempre duro altiplano.
Ese sentido comunitario es en el fondo, lo que busca cultivar y restaurar la Fundación Altiplano. “Aparecen estos pueblos perdidos como el último testimonio de una cosa muy bonita que hubo y que fue la base de Occidente, mucho más que la técnica: el respeto a los mayores, el trabajo comunitario, el agradecer a la tierra, la cooperación. Una cosa que vale la pena estarla regando como una plantita. Me da lata andar transmitiendo esto, porque parece una vendida de pomada. Y nosotros no andamos dando discursos, sino que trabajamos nomás. Pero claramente nuestra convicción es ésa: que es una semilla indispensable que hay que cuidar”.
Fuente: El Sábado. Foto: Plataformaurbana.cl
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