Marko Zaror, El Sucesor de Jackie Chan

marko.jpgGracias a “Mandrill”, su nueva película junto a Ernesto Díaz, la revista Variety nombró a Marko Zaror como el sucesor de Jackie Chan, el Fantastic Fest de Austin lo escogió como mejor actor y una estrella de Hollywood le ofreció coprotagonizar una nueva cinta. Todo gracias a sus increíbles acrobacias y emociones genuinas. Esta es su historia. 

EL CAMINO DEL SAMURÁI

Marko Zaror responde que “no”, que en estos 25 años de entrenamiento, desde que era un niño de seis años sentado en un dojo mirando a su madre impartir clases de karate, hasta ahora, que la revista Variety -la más influyente en la industria cinematográfica hollywoodense- lo nombró como el sucesor de Jackie Chan y Jean Claude Van Damme por su rol en “Mandrill” (2009), nunca sufrió una lesión de importancia. Y lo dice, a pesar de las cicatrices que marcan su cuerpo.

“Mandrill” es la película de Ernesto Díaz donde por primera vez Zaror no hace como que llora. Es la película donde, además, realiza sorprendentes acrobacias marciales nunca antes vistas en el cine. Y es la película que demuestra que la dupla Díaz-Zaror no sólo maneja muy bien los códigos del subvalorado género de acción, sino que también filma muy buenas cintas de autor.

Marko Zaror dice que “no”, que nunca jamás sufrió una lesión de importancia, a pesar de la cicatriz que nace al inicio de su tabique nasal y se extiende por su ceja derecha. Una herida de quince puntos que se ganó por intentar hacer con sus límites, lo que un hombre con el carácter de Zaror no renuncia a hacer jamás: romperlos.

“Estaba exhausto, haciendo levantamiento de arranque. Había completado la sesión y quise hacer una más. Me golpeé con la barra de las pesas. Fue un error”.

Marko Zaror dice que “no”, a pesar de la cicatriz en su mano izquierda. “Estaba haciendo un giro y me golpeé con el ventilador del techo” cuenta. Y sonríe como un niño satisfecho de sus travesuras. Entonces el suelo del gimnasio donde conoció a Andy Cheng, el coreógrafo de Jackie Chan que le ofreció ser el doble de La Roca en “El Tesoro del Amazonas”(2003) -trabajo con el que Marko ganó un Taurus World Stunt Award, algo así como el Oscar de los dobles de acción- se manchó con su sangre.

Marko Zaror dice que “no”, que jamás sufrió una lesión de importancia, a pesar del desgarro que lo alejó tres meses de la actividad física, por primera vez en dos décadas. Sucedió, otra vez, al final de un entrenamiento. Zaror llevaba horas intentando crear una nueva coreografía de giros, golpes y patadas. Hasta que lo logró y quiso intentarlo de nuevo. Y el tipo de un metro 86 y 91 kilos se elevó casi dos metros del suelo, quedó congelado en el aire y se desplomó sobre el piso. “Fue como recibir un balazo en el muslo”, dice.

Entonces estira su brazo derecho para mostrarme una cicatriz con forma de “C”. Un recuerdo de su etapa en México, donde se dedicó a entrenar de manera “obsesiva”.

Lo dice el hombre que para sus compañeros de colegio era “un freak” que se levantaba a las seis de la mañana todos los días para tirar golpes con el sol naciente. El tipo que cuando niño se sabía de memoria las películas de Bruce Lee y que en su adolescencia recorría las comunas de Santiago entrando a cada escuela de artes marciales que encontrara. Lo hacía como un forajido que llega sin previo aviso al pueblo ajeno.

“Decía que me quería probar. Cuando el maestro se daba cuenta de que yo sí sabía artes marciales, me hacía pelear con sus mejores alumnos. Necesitaba medirme”, dice sonriendo al recordar el largo proceso que templó su voluntad.

En México, Zaror no sólo entrenó de manera “obsesiva”. Ahí compitió en un torneo por última vez, y decidió su nueva meta: Partir a Hollywood para ser artista marcial en el cine. Y fue ahí, mientras grababa “Chinango” (2002), su primera película, que la cicatriz con forma de “C” le quedó marcada para siempre y a modo de recuerdo del país al cual llegó a los 19 años, siguiendo a una mujer, sólo para descubrir un par de semanas después que ella “tenía como seis pololos”. Una cicatriz que la mañana de la entrevista es acompañada por cinco letras escritas con lápiz pasta sobre su antebrazo, como si se tratara de un juego adolescente. Letras que junto a la cicatriz con forma de “C” arman la palabra “Celine”. Celine Raymond. Actriz, novia de Marko y coprotagonista de “Mandrill”. Una pareja cuya química en pantalla resulta tan explosiva como las patadas de Zaror.

POR UN PUÑADO DE DÓLARES

“Sin importar cuán rudo seas, el mundo te golpeará hasta dejarte de rodillas para siempre si tú se lo permites. Porque nadie puede golpear tan fuerte como la vida. Por eso no se trata de cuán duros son tus golpes, si no de cuántos golpes puedes recibir antes de avanzar”.

Lo dijo Stallone a los 60 años en “Rocky Balboa” (2006), su -¿último?- regreso al ring cinematográfico, pero podría haberlo dicho el director de cine Ernesto Díaz, a la salida de una reunión en los estudios Universal donde lo citaron, junto a Zaror, para pedirle “unos pequeños cambios” al guión de “Mobster 1978″, la película que prometía ser el soñado debut en Hollywood de la dupla. El momento que Zaror llevaba esperando desde que llegó a Los Angeles.

Pero Ernesto Díaz -director y guionista de las tres películas de Zaror- dijo simplemente que no. Que no había forma en que su debut fuera ese bodrio que querían los productores. “El guión de Ernesto era buenísimo: la historia del primer día de trabajo de un mafioso. Pero no sólo querían meterle balazos y peleas sin sentido, en realidad ya ni siquiera se trataba de su primer día. Era otra película”, dice Zaror.

Díaz dijo que no. Derek Rundell -inversionista, productor ejecutivo y tercer socio de Mandrill Films- dijo que la hicieran igual, que lo importante era estar adentro. Zaror no dijo una palabra. Y aunque podría haberse acordado de las dos horas que alguna vez tuvo que caminar para ir a su trabajo como lavaplatos en un restaurante, o de la película clase B que hizo en México, mientras esperaba la oportunidad de mostrar sus acrobacias marciales en el cine en EE.UU., él sólo pensó en todas esas películas de acción -Tarantino, Scorsese, Takeshi Kitano- que Ernesto Díaz le mostró durante el tiempo que compartieron departamento en L.A. También pensó en lo mucho que confiaba en el criterio de Díaz.

Entonces, Zaror dijo que “no”, que él tampoco haría la película. Y a Derek Rundell no le quedó más que ceder. Fue en ese departamento compartido en L.A., donde la dupla terminó de cultivar su amistad. Porque si bien fueron compañeros de curso desde kinder, más allá de trabajar juntos en uno que otro cortometraje casero dirigido por Díaz, durante su etapa escolar ambos vivieron en universos paralelos.

Zaror era el tipo solitario enfocado en su entrenamiento, y Díaz, el niño que, literalmente, intentaba trepar paredes -su etapa como fanático de El hombre araña-. El que se pasó más de una tarde intentando mover objetos con el poder de su mente como un Jedi -su etapa “Star Wars”-, y que cuando visitaba la oficina de su padre se preguntaba cómo haría para escapar de ahí, en el hipotético caso de que alguien pusiera una bomba en el edificio y él no pudiera abrir la puerta -¿adivinó? Su etapa James Bond.

“Hollywood está lleno de directores que dijeron que sí, pensando en que después harían lo que quisieran. ¿Pero cuántos lo hicieron? Ninguno. Son todos esos directores que hacen las películas malas que dan en el cable”, dice Ernesto, sobre el momento en que el trío definió su ética. Eso de retroceder nunca, rendirse jamás, y filmar películas en sus propios términos.

Después de dos intentos fallidos en Hollywood -antes de “Mobster 1978″ ya habían estado a punto de rodar “Dirty Job”, pero a un mes de filmar se retiraron los inversionistas-, la dupla decidió hacer sus propias películas sin estudios de por medio. Y como rodar en Hollywood era muy caro, se les ocurrió simplemente volver. Hacer de Santiago el Hong Kong personal de Zaror, como lo hizo Bruce Lee cuando dejó EE.UU. antes de ser una megaestrella. Lo hicieron creando su propia compañía de dobles y filmando en Patronato la primera cinta de artes marciales chilena: “Kiltro” (2006).

EL HOMBRE DETRÁS DEL MANDRILL. Es el minuto de empujar en caída libre al personaje principal, y desatar así el desenlace de la historia. El minuto en que el cazarrecompensas de miradas tan letales como sus golpes, se desarma. El momento en que el tipo de frases matadoras -eslabón perdido entre James Bond y galán de telenovela latinoamericana- enmudece. El momento en que Mandrill se desnuda por unos segundos para convertirse, simplemente, en Antonio Espinoza.

Es esa escena la que -muy probablemente- hizo merecedor al artista marcial Marko Zaror del premio a “Mejor Actor” del Fantastic Fest 2009. La escena que además esconde la relación simbiótica de la dupla. La que simboliza la mirada de autor, del guionista y director Ernesto Díaz.

“Fue la primera que filmamos. Creo que Ernesto, muy inteligentemente, la puso ahí a propósito”, dice Celine Raymond, la coprotagonista. “Yo me había retirado de la teleserie (”Hijos del monte” ) hacía un mes por estrés, y venía con un nivel anímico muy bajo, con crisis de pánico y todo. Creo que verme así ayudó a Marko. Sufrió de verdad. Se conocen hace tanto, que Ernesto sabe muy bien qué clavijas presionar”.

- ¿Cuáles clavijas?

“Ni yo sé. Durante el rodaje hablan en secreto entre ellos, pregúntale a Marko”.

“Son cosas personales de las que no me gustaría hablar”, responde él, cerrando el tema de sus cicatrices invisibles de una patada. “Conozco muy bien a Marko y siempre escribo sus personajes pensando en alguna parte suya”, dice Ernesto.

En “Kiltro” (2006) Zaror interpreta a Zamir, un joven que antes de recorrer el camino del héroe no es más que un chiquillo tímido, romántico y muy torpe con las mujeres.

“En ‘Mirageman’ (2007) está la parte más obsesiva de Marko, la del entrenamiento”, dice Díaz, sobre la película que se ganó el respeto unánime de la crítica nacional, gracias a su giro del superhéroe: acá no hay superpoderes ni millonarios artefactos, sólo un hombre muy ingenuo y bien intencionado que se construyó a sí mismo. Un tipo solitario lleno de limitaciones. Un héroe ridiculizado por la mayoría de la gente a la que quiere ayudar.

Es esa vulnerable humanidad la clave que, según Díaz, diferencia a sus películas del resto del género. Lo que hace que reciba tan buenas críticas. Historias protagonizadas por Zaror, donde la indestructible figurita de acción gringa da paso a personajes que palpitan humanidad.

- Entre hacer un gran blockbuster que recaudara millones o ganarte un Oscar a la mejor actuación, ¿qué elegirías?

“Yo soy artista marcial, no actor. El cine es una forma para materializar lo que hago… A mí lo que me motiva de verdad es el estado que alcanzas entrenando. Un estado de la nada, donde te desconectas de todo y estás solo contigo mismo. Un estado medio meditativo. La vida te contamina de prejuicios y miedos, y ese estado es volver a la esencia. Como cuando uno es niño”.

Aunque no sea su motivación primordial, un tipo como Zaror no puede enfrentar su dimensión actoral, sino con el rigor y la disciplina con la que ha cultivado su cuerpo. “La gente va al cine a emocionarse con los personajes. Las acrobacias marciales son para un grupo de fans, la mayoría de la gente está acostumbrada a ver volar con cables a los tipos de Matrix, y para ellos no hay ninguna diferencia”. Y aunque no lo diga, tiene claro que, como dice Celine, “si a sus capacidades marciales le añade convertirse en un actor cálido y creíble, eso puede hacer la gran diferencia”.

Ya sea como artista marcial, como actor o socio de Mandrill Films, a estas alturas Zaror tiene claro su sendero. Por eso después de los premios recibidos por “Mandrill”, decidió decir “no, gracias” a una oferta que no muchos rechazarían: coprotagonizar una película de acción con una figura de Hollywood clase A; sabía que iba de comparsa y que no lo dejarían hacer ni la mitad de las acrobacias marciales que es capaz, para no opacar a la estrella.

Por eso, mientras Díaz escribe “Mandrill 2″ -”Siempre me pasa después de una película, de puro enamorado de los personajes. Es difícil escribir una segunda parte sin traicionar a los personajes”-, Zaror se levanta del café para ir al gimnasio. Lo hace encorvado, con un caminar algo torpe que recuerda a Zamir, su personaje en “Kiltro”. Nada lo apura. Porque Zaror sabe, como supo Jackie Chan en “La Leyenda del Maestro Borracho” (1994), que “a un héroe se le aprecia unos segundos, pero un maestro es valorado de por vida”.

Debut en Valdivia

Está programado el debut de “Mandrill” en una nueva edición del Festival de Cine de Valdivia. “Vamos invitados en la categoría Ventana del cine chileno”, dice el director Ernesto Díaz sobre la participación de este esperado largometraje entre filmes locales como “Nana”, de Sebastián Silva, “Navidad”, de Sebastián Lelio. “Mandrill” tendría fecha de estreno comercial en Chile en el primer semestre de 2010. Pero el protagonista de “Mandrill”, Marko Zaror, no se está quieto. Hace pocas semanas acaba de volver de EE.UU. donde grabó el trailer del remake americano de “Mirageman”. “La idea es hacer un remake americano en 3D”, comenta Zaror. “Un solo plano de esa sinopsis costó US$ 250 mil”.

Fuente: Wikén

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Comentarios

Hola
yo veo que Marko Zaror le gustan la Artes Marciales, pero no se puede comparar y ni siquiera sucesor de un gran maestro como Jackie Chan, dedicado toda su vida a las Artes Marciales yo encuentro que Marko con sus peliculas nuestra violencia y no deja enseñanza como lo hacian los verdaderos maestro,espero que Marko pueda sacar provecho a lo que hace pero le falta porque todo son efectos especiales dentro de las peliculas e incluiso a utilizados maestros en su propio beneficio asi lo veo yo ya que a Marko lo conozco muchos años a su hermanos ,a su Padre y tambien a su Abuelo
espero que realice algo mejor y si deje enseñanza seria muy bueno para las personas que ven sus peliculas

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