Cruzar Chiloé

Chiloé está cambiando: basta alojar en esos increíbles palafitos-lodges del barrio Gamboa, en Castro, en los cuales se adivina la imagen que tendrá la mística isla en diez, veinte años más. Por eso es tiempo de volver. De revisitar sus tesoros ocultos, sus islas, sus fiestas, sus iglesias y cementerios. Es tiempo, sobre todo, de recorrer el Parque Nacional Chiloé. De ponerse bototos y aplanar los senderos que serpentean las cordilleras del Piuchén y Pirulil. Es tiempo de montarse en un kayak y, en la madrugada, esperar a que se disipe la niebla en el lago Cucao.
Caminará, beberá de su botella y, de pronto, en la espesura del bosque verá un auténtico mampato; esos caballos enanos, de menos de un metro veinticinco de altura.
Seguirá caminando y sudará por el esfuerzo. Esta caminata no es para cualquiera. Requiere, al menos, de una buena dosis de obsesión. Tendrá que perderle el miedo a la lluvia, porque aquí llueve en serio. Y es mejor que no crea en maleficios, porque si no todo le parecerá inquietante. Si los productores de Lost hubieran vivido en Chile, seguro hubieran filmado en Chiloé. Y los sobrevivientes hubieran acampado en la playa Cole-Cole. Junto con Ike-Ike, en el norte, las dos playas desconocidas más bellas de Chile.
La cordillera que sube y baja junto al mar es hermosa. Intensa. Profunda. Tan virgen que asusta. Sigue caminando y de pronto aparecen zorros. Finalmente, junto a un helecho, divisa a un tímido pudú que intenta pasar inadvertido.
Hay dos lugares en Chiloé especialmente sagrados: uno es la iglesia San Antonio de Colo, entre Quemchi y Quicaví. La más chica de todas, pero también la más conmovedora. Ahí la arquitectura -de coigüe, de ciprés- habla de este mundo pero también de otro. Luego está la selva fría, en la costa este de Chiloé, que un buen decreto transformó en este parque con notables hitos como el islote Metalqui. Si hay algo lindo en Chile es ver, en Metalqui, a los petreles cada vez que alzan su vuelo.
Tierra de mochileros, el parque sigue ahí, exactamente igual a como cuando el mundo empezó.
Sólo hay que saber que, una vez aceptado el camino, lo que viene es barro, dunas desoladas, viento, un brumoso mar que en vez de palos deja esqueletos en la costa.
Lejos empieza a quedar Puerto Anguay. El sol se pone en el lago Huelde. Los huevos fritos saben distintos cuando se acampa junto a los humedales de Chepu, cerca de los árboles muertos. Sirve como metáfora: hay, en todo viaje a Chiloé, algo que se muere en uno. Es la mirada. Es haber visto el origen del universo. Y luego volver.
Fuente: Sergio Paz, Revista del Domingo
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