Una Noche en el Casino Monticello

casino.jpgLa fiebre de los casinos causa furor. El escritor Rafael Gumucio compartió una jornada de esta nueva pasión de los chilenos por el juego, a toda hora, cualquier día, a cualquier edad. Ganó, perdió, tuvo terror de perder más, y de paso descubrió, en ese espacio sin tiempo ni ventanas ni relojes, un Chile en miniatura.

El nuevo imán para los jugadores  queda a una hora en auto desde el Parque Arauco, nuestra catedral del consumo, casi como si fuera una extensión del centro comercial. En el bus-puente que nos transporta hasta allá por 7 mil pesos -y que incluye la entrada y dos cupones de sorteo- sólo se habla de juegos. De ese que ganó sesenta millones la semana pasada, de ese otro que perdió hasta la camisa por no bajarse a tiempo, y del economista titulado que le ganó a la Banca gracias a un cálculo de probabilidades. Pero la realidad es que la mayor parte de los pasajeros del bus no son jugadores excepcionales, sino abuelas y bisabuelas maquilladas con esmero, que cuando no hablan de fichas y gente a la que los naipes se les abren, comentan sobre sus nietos y sus nueras. En los primeros asientos, una pareja de la tercera edad -ella, perfumada y él, encorbatado-, visiblemente provincianos, se toma de la mano nerviosamente. Más atrás, una viuda uruguaya confiesa que vive en Santiago en parte porque no hay tantos casinos como en Montevideo, y no se siente tentada de jugárselo todo. Más atrás aún, una joven pareja de ejecutivos ecuatorianos intenta preguntarle por el protocolo del lugar a un visible profesional del juego, un sesentón de barba que lee reconcentrado “La Segunda”, de punto a cabo.

El bus dobla en la carretera. Tras las ventanillas, la sombra de un retén de Carabineros y el toldo de una fuente de soda para camioneros. Luego, un pedazo de tierra removido por la retroexcavadora. Andamios abandonados que serán muy luego el nuevo hotel y los restaurantes que completarán el complejo en torno al casino. Una inversión sudafricana que ha logrado en pocos meses una clientela estable y creciente que se reparte por igual entre rancagüinos y santiaguinos. Otra vuelta alrededor de una rotonda inexistente y estacionamos en un lugar que parece una prolongación del Parque Arauco, del que salimos hace una eternidad y media.

Arquitectura de estudio de televisión, alfombra roja, pasillos cubiertos de draperías blancas que nos conducen directo hacia los mesones llenos de azafatas de pelo tomado, donde hay que canjear los cupones y llenar de dinero la tarjeta de fidelización MVG.

El jugador sesentón dobla el diario y entra directo al salón de juego, saltándose la fila palpitante que quiere más y más ofertas. Un grupo de señoras que recargan sus tarjetas doradas del casino dicen que sólo Monticello logra relajarles las tensiones de su trabajo en el Conservador de Bienes Raíces. La pareja de ancianos provincianos sube con los ojos brillantes de emoción por la enorme escalera mecánica de mall directo hacía el bufet “El Capataz”, al lado de la discoteca “Suka club”. La aventura comienza.

Un Chile en miniatura

“Este es el casino del pueblo”, me explica un crupier rancagüino. “Es como un Chile en miniatura”. ¿Pero pobres también vienen aquí? le pregunto. Levanta la mano y las cejas en señal de que sobran. Muchos cesantes viven de lo que ganan en los juegos, me cuenta. Llegan de día, a las 12, a la hora de los verdaderos jugadores, con una cifra que ganar escrita en un papel y, cuando han logrado su meta, se retiran. La crisis, me sigue explicando el crupier, no hace más que aumentar ese tipo de cliente. Y los otros tipos también, porque la falta de dinero no hace más que aumentar el carácter fantasmagórico de un casino, ofreciéndote billetes azules y rojos a cada paso que das. Y así llegan los chinos, después de las dos de la mañana, cuando cierran sus restoranes y vienen a jugarse las ganancias del día. O ese japonés legendario que habría ganado, hace poco, más de cuarenta millones de pesos en una máquina del salón privé… Y los falsos millonarios, que deambulan por el salón exclusivo no para jugar, sino para trabar relaciones que les sirvan en sus negocios. Y los árabes, que apenas hablan castellano. Y el tío Valentín Trujillo, sentado en una maquina del salón, y los mineros de Codelco, que llenan la sala los días de paga.

Un Chile en miniatura, me quedo pensando. Una sala bañada en una luz arenosa, constante, sin seña alguna del mundo exterior. El suelo alfombrado, entre un laberinto de máquinas. La música de cien aparatos que cantan canciones de Dean Martin, saltan como Mario Bros, o se ríen como Vincent Price. Todas sus melodías burlonas, dulzonas y electrónicas que terminan por convergir en una sola nota interminable. El sonido siempre parejo del casino, que es lo primero que me llama la atención. El ruido blanco del casino, pienso, que nos tiene hipnotizado a todos, caminando sin cesar entre las máquinas que revolotean llenas de luces y colores parpadeantes. A la derecha, a la izquierda: da lo mismo, no hay entrada ni salida, sólo ese ruido constante, que se parece al de los sueños o las pesadillas. La música sin música, que a veces finge dejarles el lugar a los éxitos de Soda Stereo, Kool and The Gang y Michael Jackson, pero que siempre vuelve a sí misma, para que estemos en el centro de ninguna parte, en medio de un panal de abejas sin reina, en que todo revoltea y murmura sin saber hacia dónde.

Suerte de principiante

Navego en medio del ruido blanco y la luz constante. Un grupo de ancianas campesinas está aprendiendo “Punta y banca” en las mesas de entrenamiento. En “El Bar Bravo”, ese que tiene escenario y donde se aceptan fumadores, se anuncia un ciclón millonario. A las diez de la noche viene otro sorteo y otro más tarde y el fin de semana. No hay manera de no participar: en Monticello, hasta los que no juegan a nada están jugando. Toca sobre el escenario la orquesta del Chocolate Rodríguez. En el restaurante Vip para socios de la tarjeta MVG, una mujer que le copió el bronceado a la momia del cerro El Plomo, le explica a su gordo marido con pinta de constructor civil que sus hijos no son unos perdidos.

Salgo nuevamente al salón. En sólo unos minutos el público del casino ha cambiado totalmente. En las mesas ya no juega casi ninguna anciana. Las han reemplazado las “profesionales”. Cuarentonas en blue jeans que me aseguran que votarán por Marco Enríquez-Ominami porque -como ellas- no le tiene miedo a las apuestas fuertes.

Apuesto yo. Ruleta. En tres giros pierdo cuarenta mil pesos. Ante mi palidez, un crupier me dice que lo intente mejor en el Craps, el único juego en que se le puede ganar a la Banca. Me explican las reglas. No las entiendo, pero igual juego. Los dados giran en la mesa un par de veces y los cuarenta mil pesos están de vueltas en mi bolsillo. Dejo propina en ficha porque los crupieres también juegan. Estoy ya en el centro de juego, entre las mesas de colores tropicales, inofensivos paños que nos quieren hacer creer que estamos en un crucero. Nado entre los jugadores como tiburón tranquilo, parsimonioso, dando giros en la transparencia del mar hasta encontrar la presa y morder con todas sus fuerzas.

Tengo que jugar todas mis fichas, decido. Pero el póquer caribeño me parece poco serio y la Punta y Banca muy complicada. Me concentro entonces en las mesas de Black Jack. Elijo una que preside una pareja de colombianos jóvenes y guapos. Es un secreto que me enseña un crupier: sólo los lindos traen suerte. Mi modesta ficha roja de cinco mil pesos se multiplica por tres, por cinco, por siete. Llegan más jugadores a mi mesa. Se acercan espectadores y supervisores argentinos, encargados de controlar a los crupieres. El conejo, un sesentón que lleva ya tres horas en esta mesa, se siente ilusionado por mi desempeño, aunque le indigna lo poco que sé de las reglas del juego. Me muestra un papelito que le sirve de guía: siempre mirar la carta de la Banca, me dice. Es de Santiago, no parece ser rico pero juega al menos dos veces a la semana. Antes lo hacía en Viña, pero aquí es más fácil, no son tan estirados, les dan beneficios no sólo a los socios, asegura.

Es mi turno, le hago caso de mi amigo y me guío por la carta del crupier apuesto y apuesto seis mil pesos en vez de mis tradicionales cinco. Pierdo mi inversión. Una vez, dos, tres. Vuelvo a apostar una ficha roja, porque no puede ser que pierda ahora cuando gané antes. Y esa sensación terrible de no controlar lo que pensé que era mío, mi suerte, mi dinero, las cartas que suman esos incómodos trece o catorce, en que no se sabe si hay que pedir cartas o no. Otra, y esa terrible sentencia que resumen tan bien la vida de ese Chile en miniatura: la palabra “demasiado”, pronunciada con un dejo de ironía por todos los crupieres del mundo.

Los domadores

Son las once y media de la noche, y ya casi no quedan mujeres jugando en las mesas. Las acaparan pequeños o medianos empresarios, contratistas de Codelco, dueños de parcela o de bares, clientes de este o de cualquier otro casino, que comparten entre ellos las mismas leyendas que escuché en el bus: el tipo que con ocho pesos de inversión logró ganar ocho millones, cuáles crupieres dan más suerte que otros, o los cálculos probabilísticos para ganar en el Black Jack. Porque la gente de mi mesa sólo juega un juego al que creen poder domesticar. Porque es eso lo que hacen, son domadores; intentan dominar unas fieras, calmar la suerte, agachar los tigres sin perder los dedos o la mano en las fauces de la bestia.

Pero no hay suerte esa noche. La guapa colombiana ya no tiene ficha, y su marido, con los ojos vidriosos, juega la última que le queda. El conejo abandona la mesa culpando a la crupier de que nunca le da suerte. Se prepara otro bingo en el Bar Bravo. La noche recién empieza o termina, ya no se sabe. No hay un solo reloj en Monticello. Ni ventana, ni árbol, ni flores. Todo es nuevo, y al mismo tiempo, usado. Todo empieza en cada instante, todo no termina nunca de terminar. Sé que si no tuviera que irme en el bus a las doce y media de la noche, perdería todo lo que logré recuperar de mi pérdida anterior. ¿Cuánto perdí? Eso no se pregunta. A regañadientes, el jugador sesentón, que retoma su lectura de  “La Segunda” en el bus de vuelta, me arroja una cifra. “Cien mil pesos. Poco, anoche fue más”. Y vuelve reconcentrado a su lectura sin dirigirme ni una sola palabra más.

Fuente: El Sábado

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Comentarios

Excelente relato, apropiado para un día en que nuevamente (2ª vez) voy al Monticello….

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