La Cofradía del Barrio Infante

infante1.jpgEs más que nada una lección de vecindario. Una comunidad súper abierta y al mismo tiempo bien cerrada, donde la independiencia es fundamental. Un grupo de artistas instalados en una cuadra de casas de fachada continua ha puesto su sello en un barrio que ya los reconoce y los acoge. Puertas adentro, cada uno vive su vida y trabaja su historia.

No es un colectivo, hay que aclarar. Tampoco es que aquí haya un maestro rodeado de seguidores o una escuela de clara tendencia artística. Todo lo contrario, esto podría ser la república de creadores independientes de Infante, formada por un grupo con estilos, objetivos y áreas muy diferentes, que se fue acomodando en un paño de casas de fachada continua en la Calle José Manuel Infante, al llegar a Clemente Fabres, y formó algo así como una cofradía amistosa.

De eso hace ya bastante tiempo. En el 95 más o menos, cuando Francisco de la Puente, Anton Birke y su hijo Paul compraron un lote de ocho casas a unos señores de apellido Bernasconi. Construcciones antiguas, según datos de Birke padre, como de 1910. Todo en adobe, ancho y sólido. Con una arquitectura de pasillo largo que remata en un patio no demasiado grande.

El primero en instalarse, en dos de ellas que juntó como una sola, fue De la Puente, muy a principios de los 80. Desde entonces produce allí óleos, collages, grabados y todo lo que se le ha ido ocurriendo en estos años. Porque son muchos sus intereses, a los que suma además sus obsesiones como coleccionista compulsivo, uno que, eso sí, no hace concesiones estéticas y sólo guarda cachureos maravillosos. Las demás casas estaban en manos de distintas gentes y en estado lamentable la mayoría. Luego de comprar, poco a poco las fueron pidiendo a sus arrendatarios: los primeros en partir fueron los dueños de una pensión, un desastre lleno de subdivisiones. También dejó su espacio el antiguo supermercado Bruzzoni que usaba de bodega la casona de la esquina, que luego fue guardadero de todos, más tarde oficina de arquitectura de Paul y hoy es la galería Die Ecke. Finalmente se fueron todos. Menos los viejitos Rodríguez, una pareja que había llegado a la casa recién casados, ella de apenas 17 años. “Se fueron cuando él tenía 92. Pagaban apenas, pero qué tanto. Se fueron cuando él ya no pudo subir la escalera”, cuenta Anton.

No son pocos los artistas que han rotado por la comunidad. Algunos usándolas como taller y otros como su casa. Actualmente las seis construcciones que comparten fachada viven sus mejores momentos. De norte a sur están las puertas de Arturo Duclos, Anton Birke, Javiera Moreira, Paz Lira y Ximena Rojas, y el par de Pancho de la Puente.

Un grupo que se reúne por la confianza, la amistad y el calorcito de las estufas de la Javiera y de Anton, porque Pancho se niega a prender la suya. También la tolerancia, dice Anton. “Creo que hay una preocupación por el del lado pero sin meterse en su vida. Aquí los límites están claros, nunca se han dicho pero están implícitos”. Javiera suma el hecho de que “ninguno de nosotros siente envidia. El trabajo del otro es tan respetable que no cabe más que la admiración y el respeto”.

Entre bromas queda claro que la entrada de los artistas invitados a la cofradía es previo escrutinio “de los viejos”, machos territoriales que lanzan la oferta para que alguien pueda sumarse al grupo.

Tienen buen ojo, al parecer. Por años estuvieron Enrique Zamudio, Francisco Bustamante, Andrés Vio. Paz y Ximena ya llevan dos años, Arturo Duclos otro tanto, desde el 2002.

“Sería muy difícil compartir con alguien que no está en sintonía”, dice Anton. Y sus razones se entienden: aquí todos tienen llaves de todas las casas; instalaron un circuito para encender las luces de los patios de los otros y así cuidar el del que anda fuera de Santiago; y muchas veces comparten una olla común sólo porque nada hay más fome que preparar unos buenos garbanzos y cucharearlos solo. Anton, además de fotógrafo, diseñador, editor de libros y catálogos, es el cocinero reconocido. Se le atribuyen varias especialidades y una pasta de ají colorado con nueces picadas, ajo, cilantro y aceite de oliva, resulta suficiente prueba. De la Puente es el histriónico. El conversador neto, promotor de encuentros en su comedor o en el bar donde ha enmarcado una larga colección de dibujos de copas hechas in situ por “firmas” que tiraron con más o menos detalle las cuatro rayas que les dan más valor que si estuvieran hechas en buen cristal. Y a Javiera la definen no sólo como la profe que cada jueves les hace clases de grabado, sino como pañoleta de lágrimas que con sonrisa contagiosa y cigarro en mano les conversa hasta que afloja las penas del vecino que en la mañana vio pasar con cara larga.

Y amigos todos. Espíritu, que además, lo hace un barrio seguro, no porque no haya interesados en el arte ajeno, sino por la red de gente que está alerta. “Un día como a las tres de la tarde el marido de la Guillermina, la señora que atiende el restorán Rapa Nui, pasó en auto y vio a un tipo sentado en la puerta de la Ximena. Llamó altiro y nos juntamos todos ahí, el tipo ya tenía la puerta abierta y la tapaba con la espalda…”, cuenta Anton.

Ximena venía de su taller en Alonso de Córdova, y reconoce que le costó acostumbrarse a la arquitectura de esta zona. Su espacio allá era mucho más moderno, pero acá ganó en altura, súper necesaria para sus telas grandes. En distancia también quedó más lejos, aunque la decisión pasó por la existencia de la Costanera Norte. Curiosamente, asegura que también ganó en independencia, porque al estar en el corazón de Vitacura su taller era punto obligado para el cafecito de sus amistades.

Acá la cosa es distinta. La independencia es un bien tan preciado que De la Puente ni se pone colorado al reconocer que él no abre la puerta salvo que espere a alguien con acuerdo previo. “Nada. Si estamos conversando y alguien golpea yo no abro. Aquí trabajo”.

Para Duclos también es claramente su lugar de producción, al que llega después de su trabajo en la Universidad del Desarrollo. Un espacio que al principio no aparecía muy seductor: “No le vi muchas posibilidades, pero como tenía que dejar el otro… Éste lo había tenido Zamudio como bodega, estaba lleno de polvo. Mal. Al año me vi medio deprimido y dije, ya, hay que meterle plata y dejarlo más digno. Pinté, boté muros, puse lucarnas, con re poco presupuesto”.

El tema de los ajustes según necesidades propias, en la cofradía de Infante es así. Chipe libre, mientras cada uno lo financie. Ahora, con todo a punto, Duclos se dedica a gozar el barrio. “Tiene una cosa amable, medio provinciano. Hay hartos restoranes de lo más simple a lo más sofisticado y todo a la mano. El otro día traje a un sueco a las Ostras Calbuco, no lo podía creer: tres banquitos y don Lorenzo sacando unos chupes increíbles”. Ventaja que más de una vez ha usado De la Puente cuando invita a un grupo grande a almorzar: “Llamo al Rapa Nui y pregunto cuál es el plato del día. Según lo que haya pongo la mesa y parto a buscar mi olla. Sirvo lindo el charquicán y quedo como rey”.

Así corre la vida en una cuadra que parece comunidad sin serlo y que vive de la forma más abierta, sin transar su mundo privado. Francisco Bustamante dejó escrito con plumón en las paredes del taller que le heredó a Javiera “Ojalá que seas tan feliz como yo era acá”. Y, raya para la suma, cuitas más cuitas menos, es lo que todos están logrando.

Fuente: VyD 

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