Antonio Quintana; Retratista de la Identidad Nacional

antonio_quintana.jpgAntonio Quintana es formador de la primera generación de fotógrafos profesionales, plasmó y dignificó con su lente a pescadores, artistas y obreros.

Sudamérica casi entera, varios países de Europa, Estados Unidos, la ex URSS, y hasta Japón. Todos conocieron la esencia de nuestro país a través de la genialidad de Antonio Quintana. La exposición fotográfica colectiva “El Rostro de Chile” en los años sesenta, quizás la más importante realizada alguna vez, itineró de su mano mostrando realidades desde el extremo norte hasta los hielos antárticos. El sueño del “chico” Quintana, como le llamaban sus amigos –por su altura que poco superaba el metro sesenta–, se había cumplido.

Fue en 1958 cuando llegó entusiasmado a la oficina de Álvaro Bunster, por aquellos años Secretario General de la Universidad de Chile, con una idea fija: penetrar con su cámara el corazón de Chile para retratar, como luego diría su amigo Volodia Teitelboim, “lo visible y lo invisible”. Era un antiguo anhelo que se venía gestando hacía tiempo en su alma. Quizás desde cuando un minero calichero, mostrándole sus rugosas manos, le dijo : “Tengo sólo esto para ganarme la vida”. Quintana aspiró profundo esa frase y desde entonces registró cientos de manos de trabajadores.

Pero ésta vez, su sentido social y su amor por la cultura criolla necesitaban una vía de escape mayor. Bunster le compró la idea. Coincidía además con la pronta celebración de los 150 años de la Independencia, así es que el proyecto debía ver la luz en dos años. Rápidamente hizo equipo con el fotógrafo Roberto Montandón, director del Laboratorio Central del plantel y con su discípulo Domingo Ulloa. Los tres se dividieron el país para fotografiarlo. De la “Operación Chile” salió un archivo de más de 7 mil negativos y se expusieron 440 tomas, algunas incluso de otros fotógrafos a los que se les pidió colaboración en los temas que faltaban. Ciento sesenta y cinco eran de Quintana. Ulloa, quien se encargó de la ampliación, comenta: “Fuimos un trípode perfecto, si alguno de los tres no hubiese estado, no resulta”. La muestra colmó diarios y revistas. “Mirando los rostros de aquellos cinco campesinos de ojotas, inmóviles, envueltos en sus ponchos, orgullosos y dignos en la fotografía de Quintana titulada “Domingo en Alhué”, supimos más del alma campesina del Chile central que si hubiéramos leído un voluminoso tratado sobre el tema. Hay en su obra una densidad que me atrevo a llamar literaria, ¡hasta novelesca!”, comentó el Premio Nacional de Literatura José Miguel Varas en un prólogo dedicado a su obra, hecho por los investigadores José Moreno y Denise Fresard hace casi dos años.

Un filósofo que encantó a Neruda

antonio_quintana2.jpgAntonio Quintana nació en Santiago el mismo año que Neruda (1904), el mismo mes incluso. Una coincidencia prácticamente astral en esta dupla que no sólo fue amiga, sino que compartió el exilio, algunas anécdotas que cada uno se llevó a su tumba y otras tantas que recuerdan seguidores y amigos en común. El fotógrafo José Moreno cuenta que cuando Neruda se aprestaba a cumplir 50 años le escribió a Quintana, que por esos años vivía en Uruguay, para invitarlo a la celebración. “Es que tengo un problema”, le contestó el fotógrafo (estaba emparejado con Enriqueta Silva), “Entonces cásate con el problema y aprovechas de pasar tu Luna de Miel en Isla Negra”, le replicó el poeta. Antonio volvió y se instaló a vivir casa por medio con el Premio Nobel, en la calle Márquez de la Plata.

Fue hijo natural de Antonio Bellet y, aunque éste nunca lo reconoció, mantuvo siempre buenas relaciones con él y sus medios hermanos. Jorge Bellet, incluso decía: “Es que como el “chico” es re’ chico, hace las fotos bien graaandes”, aludiendo al interés de Quintana por la fotomural, de la cual es precursor en Chile.

Ingresó al Partido Comunista a los catorce años, “siempre bromeábamos que era más viejo que el partido porque había entrado por allá cuando éste tenía otro nombre”, comenta la poeta Delia Domínguez, quien lo conoció a través de Neruda. Ella sintetizó ese primer encuentro en las palabras que le dedicó a propósito de su muerte: “Quiero hablar un poco de ese hombre, al que conocí en los límites de mi provincia de Los Lagos, cuando llegaste en un viejo automóvil, empolvado, con Enriqueta, con los Neruda, con Sergio y la Aída Insunza para buscar los rostros escondidos del sur y fijar imágenes auténticas en la cartulina… Ahí empecé a darme cuenta de la dimensión de tu silencio, de tus ojos que veían donde otros no…”.

Hombre de escasas palabras, las pocas que salían de su boca contenían la dosis justa de sabiduría. “Cuando hablaba todos callábamos, porque además hablaba bajito”, comenta Domingo Ulloa. En los ‘40 había en la Universidad de Chile un salón de honor donde se daban conferencias y Quintana siempre estaba ahí. Escuchaba atento, hasta que sentía la necesidad de expresar su ideas de cómo debía ser la sociedad. “Tenía una claridad mental extraordinaria, tanto que terminábamos aplaudiéndolo sólo a él”, agrega. En ese mundo se movía, incluso era el secretario de la Alianza de Intelectuales que presidía Neruda. “Antonio no era agente de primera fila. Su modestia era admirable. La imagen para él reemplazaba la palabra, era muy talentoso y creo que si no lo hubiese sido quizás Neruda no le hubiese prestado tanta atención. Me parece que los estoy viendo, Antonio bajito, y Pablo un ropero, armando todo un cuento de situaciones que veían. Pienso que Pablo le abría el tercer ojo a Antonio, y yo, sin quererlo, mamé la leche de dos grandes genios, algo que se nota en mi poesía, que es muy de Chile. Antonio siempre me decía: “Delia, me gusta tu poesía porque está llena de imágenes”.

El arte de enseñar

antonio_quintana3.jpgSe puede decir con seguridad que fue formador de la primera generación profesional de fotógrafos, al alero de la Escuela Nacional de Artes Gráficas. Hasta aquí llegó a enseñar este ex profesor normalista de química y física, de cejas gruesas y aspecto formal, que había sido expulsado del magisterio por razones políticas. Un autodidacta en fotografía que ya gozaba de cierto prestigio por su talento y oficio.

Casado con su primera mujer, Tránsito del Villar, repartía su tiempo entre la formación académica y su taller donde experimentaba con el revelado, pudiendo conseguir una tonalidad capaz de acercar la gama de grises a la diversidad cromática. “Sus clases eran más bien prácticas. Nos llevaba al laboratorio y nos explicaba cómo sucedían las cosas. Tenía respuesta para todo. Nos dejaba opinar y nos incentivaba a que todo fuera impecable. Quintana iba sembrando amores”, explica Ulloa.

Un día el maestro no llegó a hacer clases. El gobierno de González Videla lo tildó de enemigo y debió huir una noche de invierno. Gracias a la ayuda de Ulloa –quien hizo los trámites por él en el aeropuerto– pudo eludir el cerco policial y llegar a Argentina. Pero el “Chico”, que siempre tuvo grandes convicciones, se enfrentó nuevamente al exilio cuando se negó a hacer una gigantografía de Evita Perón. Partió a Uruguay con lo puesto. Allá hizo carrera como muralista y participó en la dirección fotográfica del documental “Pupila al Viento”.

Cuando Neruda lo hizo volver (1954) se instaló en un estudio en San Antonio 60. “En el taller eran famosas las tertulias a la hora del té. Iban pintores, periodistas, escritores, políticos. Tenía una sala blanca para exposiciones, que de noche se adaptaba para las grandes ampliaciones, donde se podían hacer fotos de 2,2 x 4,5 metros. La ampliadora era un invento de él, imposible de describir, pero que tenía varias combinaciones ópticas de lentes y condensadores. ¡Increíble el mamotreto aquel!”, cuenta el fotógrafo Patricio Guzmán, su ayudante a fines de los ‘50.

A su pasión por la identidad nacional se sumó el registro de obras de arte y una mirada modernista a las grandes industrias (trabajó oficialmente para la Corfo), “con un encuadre y luz hermanados con el realismo socialista”, comenta José Moreno. ‘En sus fotografías se revela el arte moderno, la abstracta tensión de los cambios urbanos producidos por el progreso’, comenta Francisco Brugnoli, director del MAC.

La seguridad de que la fotografía era un arte lo acompañó hasta el final, cuando prácticamente ciego –las cataratas no le dieron tregua– le dictaba a Ulloa un libro sobre estética de la imagen cada martes al caer el día. El texto nunca se completó. El 21 de junio de 1972 en “el día más corto y cerrado de esmog y niebla, de humaredas urbanas” (como dice en su texto Delia Domínguez) Quintana se levantó, salió al jardín y cayó desplomado producto de un accidente vascular. “Se ha ido uno de los grandes”, diría su amigo y presidente Salvador Allende.

Fuente: VyD

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