Regata Aventura en Cabo de Hornos

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Un yate, al mando de Felipe Cubillos, cruza el tormentoso Paso Drake en una carrera que cruza el planeta.

 El yate tripulado por Felipe Cubillos y José Muñoz atraviesa el mar más peligroso del mundo. Si no fuera por el color de la embarcación –roja como un Ferrari–, toda esta escena estaría cubierta de un inmenso y frío gris.

El cielo es gris.

El mar es gris.

El viento es gris.

El Sibbald, una patrullera de la Armada, también gris, ha salido al encuentro de la nave en el Paso Drake, al sureste del Cabo de Hornos.

–Yate a babor –se escucha desde el puente de mando–. Velocidad: 10,5 nudos.

En la patrullera van familiares y amigos de Cubillos y Muñoz, que han llegado hasta aquí para alentar a ambos navegantes durante el peor y más importante tramo de la Global Ocean Race, la carrera alrededor del planeta que comenzó hace cinco meses en Portimao, Portugal.
El yate, bautizado Desafío Cabo de Hornos, ha entrado primero a esta zona y se ha inscrito de inmediato en el cuadro de honor de los hitos deportivos nacionales. Uno, porque Cubillos y Muñoz serán recordados como los primeros chilenos en vencer el Drake en una regata. Y dos, porque el Drake es un infierno de olas y vientos, equivalente a subir el Everest para los navegantes. Pero hoy, dice uno de los marinos del Sibbald, esto es una taza de leche. Taza de leche, claro, es un decir: llueve a cántaros, hay rachas de casi 80 kilómetros por hora, la temperatura apenas supera los 5 grados y la patrullera naval se bambolea como una cáscara de nuez.

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 La aventura de la madre

Un albatros roza el mar en línea recta hasta desaparecer entre la bruma.

Desde la cubierta del Sibbald se puede ver a Cubillos envuelto en un traje de agua haciendo señas, levantando ambas manos, lanzando besos a su familia. A su lado, José Muñoz hace lo mismo colgado desde una de las cuerdas del mástil, y parece que se inclinara sobre las olas.

Marcela Sigall, madre de Cubillos y administradora de los hoteles Explora, permanece estática con sus manos atenazadas a la baranda del barco. Junto a sus nietos ha sujetado una bandera chilena para indicarle a su hijo que está aquí.

–Soy firme, nunca pensé que me iba a emocionar, pero me emocioné. Ha sido uno de los momentos que más adentro me ha llegado –dirá después, cuando el Desafío Cabo de Hornos se haya alejado rumbo al Atlántico.

Sigall, viuda de Hernán Cubillos, el ex canciller de Pinochet, cuenta que ni siquiera conocía el yate, que es primera vez que lo ve. Que le impresionó lo pequeño que se veía.

–Hay que tener mucho coraje para hacer algo así. Me había encomendado a la Virgen del Carmen y con esto quedo encalillada con ella para siempre.

La tripulación del Sibbald la felicita. A algunos les sorprende que una mujer que está por sobre los 60 años se haya animado a llegar hasta esta parte del mundo.

–Dudé en lanzarme a esta aventura –reconoce–, sobre todo con la fama que tiene el Cabo de Hornos, pero cada uno de los esfuerzos valió la pena.

Anochece en el Paso Drake y el Sibbald emprende el regreso. El frío ya no se soporta y muchos ya han entrado a la cabina de suboficiales. Marcela Sigall es una de las pocas personas que aún queda en cubierta.

–¡Bea! –la llama Florencia, la menor de sus nietas –. ¡Éntrate!

Dos días después, desde Punta Arenas, le escribirá un mail a su hijo y a José Muñoz: “Ruego a Dios los siga protegiendo con toda su fuerza y los traiga pronto de regreso”.

Marcela Sigall suspira antes de mirar a su nieta. En el cielo, millones de estrellas presagian un viaje tranquilo hacia Hornos.

El heredero

Tres de los cuatro hijos de Cubillos están aquí, en el Sibbald. Horas antes de que apareciera el yate en el horizonte, Florencia (14) mataba el tiempo jugando Nintendo. Amalia (21) dibujaba una máquina de cortar plumavit, una tarea que le habían pedido en Diseño, la carrera que estudia en la U. del Desarrollo. Y Felipe (16) paseaba nervioso de un lugar a otro. Él es el único de los hermanos que heredó el gusto por la navegación y ya ha corrido en la Fesnet, en Inglaterra. Felipe hijo es la tercera generación de Cubillos que mueren por el mar desde que el ex canciller corría las Mil Millas.

Cuando el yate de su padre está a pocos metros, Felipe salta y se abraza y grita, y por momentos pareciera que ambos conversan como si estuvieran alrededor de una mesa.

–Cruzar el Cabo de Hornos era lo que más le importaba a él. Su meta era pasar primero por aquí y lo logró. El resto de la carrera da lo mismo –dirá después, aún emocionado, hablando a mil por hora.

Durante el regreso, Felipe hijo no dejará de hablar de la hazaña. Un día antes habían pasado los yates de la Volvo Ocean Race y la semana previa los de la Vendée Globe, una regata francesa que terminó con dos naufragios en esta zona.

Pronto no queda nadie en la cabina de suboficiales, salvo Elizabeth Altamirano, la mujer de José Muñoz, que aún no puede creer lo que ha vivido.

Por la radio anuncian tormenta.

El compañero de cubillos

Elizabeth Altamirano, artesana y repostera, llegó al Cabo de Hornos junto a su hijo Diego desde Algarrobo. Ella y José se conocieron en la Cofradía de Yates del balneario, donde él trabajaba reparando y manteniendo embarcaciones. Hoy José, que aprendió los secretos del velerismo mirando, es uno de los navegantes más cotizados del mercado chileno.

–José, te amo, te amo –gritaba ella durante los minutos que el Sibbald navegó junto al Desafío Cabo de Hornos, y su voz se diseminaba por todo el barco pese al ruido de los motores, al viento que se llevaba todo y al rugido del mar. José debe haberla escuchado, porque le respondía bailando cumbia a bordo del yate.

Junto a Diego extendió una bandera chilena cruzada por la palabra “Algarrobo” de lado a lado. También le había traído unos lentes de sol a Muñoz, porque sabía que él había perdido los suyos en medio de la navegación.

–Tenía esperanza en poder entregárselos, porque para José es terrible no tener un par. Tampoco le pude entregar las cartas que le habíamos escrito Diego, Daniela (la hija menor de ambos) y yo.

Elizabeth abre la carta de Diego: “Se siente mucho su ausencia, lo único que deseo es que vuelva pronto”, le había escrito el joven.

Cubillos y Muñoz comenzaron la tercera etapa el 21 de febrero desde Wellington, y cuando terminen la cuarta y última etapa en Portimao habrán completado nueve meses de carrera.

–Me ha costado acostumbrarme. Vamos para los 12 años juntos, pero tuve que aprender a vivir con esto –se resigna ella.

Elizabeth sale un rato a la cubierta para caminar y mirar el cielo estrellado. Sobre su cabeza lleva la bandera que dice “Algarrobo” para soportar el frío.

“Mágico, inexplicable, irrepetible”

El Sibbald no fue el único en acercarse al yate. También llegó un helicóptero de la Armada y, por estribor, apareció el Discovery, la embarcación del empresario Nicolás Ibáñez llevando un puñado de amigos a bordo. Ibáñez no está aquí sólo porque le apasione la navegación, sino porque es el financista del Desafío Cabo de Hornos, que le costó un millón de dólares.

El Discovery realiza una arriesgada maniobra para ubicarse en mejor posición. El propietario de D&S había estado en la patrullera naval el día anterior arengando a la familia Cubillos y ahora se las arregla para comunicarse por radio con él, tal como minutos antes lo había hecho Marcela Sigall, sus nietos y Luis Hernán, el hermano de Felipe. Ibáñez le dice lo histórico que ha sido este momento. “Es un día memorable en mi vida”, agrega, y Cubillos le agradece por creer en el proyecto. Las voces metálicas de ambos se escuchan emocionadas a través de la radio hasta que la patrullera y el Discovery hacen sonar sus bocinas para despedir a los navegantes.

felipe_cubillos.jpgUn albatros vuela con elegancia tras el yate.

Al otro día, en su bitácora virtual, Felipe Cubillos escribe:

“Lo que ocurrió va a ser definitivamente inolvidable. Que yo haya llorado por radio hablando con mis hijos y con mis amigos era absolutamente esperable. Pero que a ellos les pasara era más improbable. Que al final del mundo, allá en el Mar de Drake, se encuentre un grupo de personas que va a vitorear la pasada de un yate, como si fuera su equipo de fútbol preferido, y todo el ambiente cubierto de banderas chilenas, y todos, todos, hasta el más duro, estremecido, habla de que ahí, en ese momento, algo mágico ocurrió. Mágico, inexplicable, irrepetible”.

Aquel encuentro ocurrió el 18 de marzo. Dos semanas después Cubillos y Muñoz llegarán a Ilhabela, Brasil, tras una navegación angustiosa. Habrán terminado la tercera y penúltima etapa sin petróleo, sin electricidad, con el agua justa para sobrevivir. Pero bien.

Fuente: Revista Sábado

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Comentarios

como esposa,madre y abuelita,solo ruego a Dios por ver todo sus esfuerzos coronados y el buen nombre de chile. FUERZA.-y que Nuestro Señor los siga guiando.

Me encantó este artículo y hubiese deseado seguir esta tremenda proeza en su momento. Que sigan paseando nuestra linda bandera en los mares del mundo y que Dios les bendiga.

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