En Panguipulli: Guiados por el viento
Pato Seguel y sus seis hijos son expertos navegantes. La única de la familia que durante los paseos a vela sólo se deja llevar es la mamá, María José Tagle. Ella pone su pericia en tierra; por estos días en la casa que tienen junto al lago Panguipulli (reconocido por sus buenos vientos), y que decoró pensando en simpleza y funcionalidad, pero no por eso con menos calidez y magia.
En esta casa la función empieza temprano. Silvia llega a primera hora con el pan –negro y con nueces– recién hecho por ella en su cocina a leña, calientito. El sol enciende las paredes del living y la madera se impregna con el aroma del café con leche, la mantequilla y la mermelada de guinda. Es un viernes de vacaciones, los niños en el segundo piso todavía duermen, pero María José ya está en pie y recibe a Pato, su marido, que viene llegando de Santiago. Cuando decidieron hacerse una casa aquí, junto a dos viejos castaños, mirando al Panguipulli y al volcán Villarrica, se propusieron estar el menos seis semanas cada verano, sí o sí. Y no es ni un sacrificio…
Pero la historia partió hace tiempo. Pato Seguel, ingeniero y amante de la navegación a vela, transmitió a sus hijos esa pasión; tanto que todos son casi tan expertos como él y compiten en Chile y el extranjero. Por eso para ellos los fines de semana en Santiago, durante el año, casi no existen, y hace años tienen un departamento en Algarrobo, su centro de operaciones náutico.
María José se acuerda de que hace diez años unos amigos que tienen casa acá convidaron a uno de sus niños. Cuando lo vinieron a dejar, aceptaron dar un paseo hasta el final del lago “y quedamos marcando ocupado”. Arrendaron durante tres años y al cuarto ya se estaban instalando en la casa propia. La arquitecta Raquel Léniz, que ya había construido otras casas por la zona, fue a quien confiaron un diseño sencillo, sin lujos, práctico y que no se impusiera de manera violenta en este paisaje tan lindo.
- Lo mejor de esta casa es que nos congrega, nos hace venir a todos. Es estar en un lugar que, aunque hay muchos amigos cerca, te obliga a estar en familia. En Algarrobo es un puro callejeo todo el día, entre que van y vienen del club. Acá no hay club, entonces están metidos en la casa. Y también se forma algo rico que es pertenecer. Los niños sienten el lugar como de ellos. Hemos tratado de no romper con el entorno, respetar lo que había, el jardín está hecho con puras plantas de aquí y la huerta. Por eso no se nota mucho nuestra mano, y eso es importante, porque ¡hemos hecho mucho! La casa, claro, la impones, pero intentamos integrarla a la naturaleza con la altura de los árboles- , dice María José.
El tradicional estilo de su tienda Mandarino se advierte de inmediato. No sólo por la estética sino por el espíritu. Recolectó cosas por aquí por allá, fue a la bodega de una multitienda, convirtió géneros en cortinas, les agregó un pedacito de cuero para darles un toque, pintó unas lámparas con spray color cobre, rescató la mesa del comedor de una bodega… “Al final la gracia era ponerle chiste no más, no era invertir. Lo que uno goza de estas casas es que quedan simpáticas. Cuando pensé en qué sillas le ponía a esta mesa me compliqué porque, imagínate hacer aseo aquí corriendo dieciséis sillas, ¡con el migajerío que queda! Por eso pusimos estas bancas que además hacen caber a no sé cuántos”.
Lo único que quería era hacer todo más fácil y tener a su familia cerca. En unos rincones del jardín han armado comedores rústicos, uno de ellos bajo la sombra de los enormes castaños que ocultan entre sus ramas, bien arriba, una cabaña en miniatura. “Oye, si de verdad que acá uno logra jugar un poco a las muñecas porque lo pasas tan bien, es todo un cuento”.
Mireya Díaz Soto. Ya
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