Lautaro Núñez, El Gran Arqueólogo del Norte
A los 70 años, Lautaro Núñez es el arqueólogo más importante de Chile. Premio Nacional de Historia 2002, no ha parado de investigar el norte durante cinco décadas. Ésta es la historia de un hombre nacido en el desierto, que ha dedicado su vida a comprender a sus antepasados.
El padre Gustavo Le Paige llevaba varios minutos en silencio junto a la excavación. Tenía en sus manos un montón de papeles con dibujos y manuscritos que revisaba de arriba abajo. Se los había entregado su joven colaborador, Lautaro Núñez. De pronto, su voz sonó profunda, inquisidora.
–¿O sea que lo que yo he estudiado es solamente la superficie de los sitios?
–Sí, padre.
–¿O sea que aún queda mucha arqueología por hacer?
–Sí, padre.
–¿O sea que yo solamente comencé?
–Exactamente, padre.
Lautaro Núñez tenía 36 años cuando llegó a trabajar al museo del padre Gustavo Le Paige, en San Pedro de Atacama. Corría 1974, y el país estaba en plena turbulencia. Núñez había sido despedido del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile en Antofagasta, y ahora estaba en una encrucijada: o se iba al exilio o se quedaba sin trabajo. Fue entonces cuando el padre Le Paige lo llamó desde San Pedro. Se habían conocido en 1961, en Arica, durante el primer congreso internacional de arqueología que se realizó en Chile. En esa época, Núñez era un entusiasta egresado de historia en la Universidad de Chile que dominaba una disciplina hasta entonces sólo practicada por extranjeros. Por eso, el padre Le Paige sabía muy bien a quién quería a su lado como investigador. Aunque tuviera percepciones científicas muy distintas.
“Yo era muy crítico del trabajo del padre”, recuerda hoy Lautaro Núñez, mientras maneja su camioneta rumbo a su casa de adobe en San Pedro de Atacama. “Él tenía una idea de arqueología muy evolutiva, como que los primeros poblamientos del área de San Pedro habían ocurrido hace 50 mil años. Yo venía de otro concepto, más renovado, con una idea de la antigüedad del hombre americano no tan audaz. Además, él se concentraba en la arqueología funeraria. Yo me he centrado siempre en los asentamientos humanos”.
Núñez tiene el pelo blanco y la piel seca, roja, gastada. Ha vivido bajo el sol del desierto toda su vida: 70 años, que casi no se le notan. Aún sale a terreno, excava sitios, conversa con las comunidades indígenas de la zona, lidera equipos científicos (todos más jóvenes que él), corrige tesis universitarias, escribe papers. Habla fuerte, se mueve con energía y, a veces, cuando sus lentes fotocromáticos se oscurecen con el sol, parece uno de esos viejos rockeros de los sesenta en pleno revival.
–¿Te parece que estoy como para el retiro? –pregunta unos metros antes de la entrada al pueblo–. Mira: llevo hablando contigo desde las dos de la tarde, y ya son casi las seis. Quiere decir que algo de energía hay, ¿no?
Núñez tiene claro que seguirá en esto sólo mientras esté con esa energía al tope. “A varios amigos más jóvenes le dí instrucciones muy claras de que, a la primera respuesta mía gagá, me hagan una señal”, dice. “Que me saquen del vehículo o de donde esté y me pongan con una caña donde haya hartos peces”.
Hoy, Núñez divide su tiempo entre Antofagasta (donde vive con su mujer, la checa Drahomíra Srytrova, ex directora de Biblioteca de la Universidad Católica del Norte, con quien tiene una hija antropóloga) y San Pedro de Atacama. Aquí pasa unos veinte días al mes, casi siempre recluido en el museo o en el estudio de su casa: no le agrada mucho salir a restaurantes ni, menos, que lo reconozcan en la calle. Como ocurre esta tarde.
–Disculpe. ¿Lautaro Núñez? –pregunta una mujer delgada que aparece de improviso frente a nosotros en un restaurante de San Pedro.
–¿Sí? Dígame–. Núñez baja un poco la vista, con timidez.
–Sólo venía a saludarlo. Soy arqueóloga, vengo de Isluga. Encantada de conocerlo.
Núñez llegó a San Pedro como un perfecto desconocido. Y el padre Le Paige, como buen jesuita, lo puso a prueba: su nuevo invitado no tendría habitación, sólo una carpa en el patio, que él mismo debía acondicionar. Allí vivió tres meses, tiempo en que no hizo más que revisar las colecciones del museo. Pero un día su suerte cambió. Desde Washington, el Instituto Smithsoniano lo llamó para aprobarle un proyecto que le permitiría investigar los primeros poblamientos de San Pedro de Atacama junto a Le Paige. Entonces el padre lo llevó a los lugares que había investigado por años: el sur del salar de Atacama, la quebrada de Tulán, Tambillo, Puripica. Y así comenzaron a aparecer muchos sitios hasta ese momento sólo estudiados en la superficie. El progreso y rigurosidad del colaborador eran notables. Núñez recuerda lo que le dijo Le Paige uno de esos días:
–Yo comencé con esto, pero no lo voy a terminar. La arqueología de este territorio es para muchas generaciones más. Debemos dejar sitios para los arqueólogos del futuro.
Su padre lo llamó Lautaro. Él fue un trabajador salitrero nacido en el valle de Quisma, contiguo a Pica. Y además era anarquista. “Llamarme Lautaro me obligó desde muy niño a entender qué diablos significaba mi nombre”, cuenta Núñez. “Así es que desde chico ya tenía un discurso indigenista”.
Cuando el fisco expropió el agua del valle de Quisma, hacia 1920, su familia tuvo que emigrar. Lautaro Núñez nació en Iquique el 24 de enero de 1938, pero siempre mantuvo parientes en Pica, y su madre siguió ligada por su origen a la pampa salitrera. Así, toda la niñez de Lautaro estuvo marcada por el árido entorno nortino y la historia de sus antepasados. “Cuando era chico salíamos a recorrer los alrededores de Pica y encontrábamos cementerios indígenas, tejidos… En Iquique íbamos a la playa y, en vez de jugar fútbol, nos dedicábamos con un clavito a intrusear en los conchales. Me llamaban la atención los vestigios indígenas que encontrábamos. Creo que todo esto gatilló mi interés por la arqueología”.
Años después, cuando ya estudiaba en el Liceo de Hombres de Iquique, Núñez y unos amigos encontraron un sitio arqueológico en las costas de Iquique. Le preguntaron a la única persona que por entonces sabía del tema: el farmacéutico danés Anker Nielsen, aficionado a las excavaciones arqueológicas. Desde entonces, Núñez se pasaría todos sus ratos libres metido en la botica del danés, tratando de aprender sobre una ciencia que se le había metido en la sangre. Pero en Chile aún no existía la carrera de arqueología. Así, ya egresado del liceo, Núñez optó por lo que más se le parecía: Historia y Geografía en la Universidad de Chile. Una vez en la facultad, encabezó un movimiento estudiantil que culminó con la creación de una mención en arqueología, y luego con la carrera misma.
En 1961, tras el congreso de arqueología de Arica, Núñez se convirtió en director del museo de la Universidad de Chile en Calama. En 1974 se fue a San Pedro como colaborador del padre Le Paige y fundó, tras su muerte en 1980, el Instituto de Investigaciones Arqueológicas, dependiente de la Universidad Católica del Norte. Desde allí analizó los primeros poblamientos de la zona, de 11 mil años, estudió el arte rupestre del Norte Grande, inició las investigaciones sobre las redes de caminos prehistóricos e incluso fue más al centro del país y excavó sitios en Los Vilos y San Vicente de Tagua Tagua para identificar las tempranas ocupaciones paleoindias, basadas en la caza de mastodontes, comprobando que éstos habían sido cazados en forma masiva en la misma época que en el Hemisferio Norte. Todos estos trabajos se han documentado en más de 230 publicaciones en Chile y el extranjero (entre ellas un artículo en la revista Science de 2002, la más importante del mundo, sobre cómo los cambios climáticos condicionaron los asentamientos humanos en la puna de Atacama), obra que en conjunto le valió el reconocimiento de sus pares y, por cierto, el Premio Nacional de Historia 2002.
–Allá está.
Hace una hora y media que salimos de San Pedro rumbo a Peine, pueblo al sur del salar de Atacama, donde Núñez ha enfocado su nueva investigación, junto a un equipo de jóvenes arqueólogos (Isabel Cartajena, Martin Grosjean, Patricio de Souza, Carlos Carrasco, Gonzalo Pimentel) con los que trabaja codo a codo. Porque Núñez dice no cultivar el concepto de discípulo: para él, es preferible que ellos cuestionen sus teorías. Tal como alguna vez él mismo lo hizo con el padre Le Paige.
Son las tres de la tarde y el sol golpea sobre nuestras cabezas. Nos hemos desviado por un maltrecho camino de tierra hasta alcanzar una ladera donde se ve un cúmulo de piedras y una malla negra rodeada por una huincha plástica que dice No pasar. Estamos solos en medio del desierto.
–Éste el sitio Tilocalar –dice Núñez, y se baja rápido de su camioneta–. Ayúdame a destaparlo, por favor.
A primera vista, lo que hay ahí no es más que un agujero de unos seis metros, cuyas capas están marcadas por 15 papelitos de distintos colores. Es la reciente excavación de Núñez y su equipo, la continuación de sus estudios sobre la quebrada de Tulán, que iniciara hace tantos años con el padre Le Paige.
“Lo importante que hemos documentado es que, contrario a lo que siempre se ha creído, las sociedades atacameñas pastoralistas del norte de Chile alcanzaron una gran complejidad, equivalente a las de sus pares de las regiones limítrofes de Perú y Bolivia”, explica Núñez horas más tarde, sentado en el living de su casa en San Pedro. “A lo largo de la quebrada de Tulán hemos encontrado evidencias de domesticación de camélidos salvajes, junto a otros cazados, varias aldeas, un templete, sitios con arte rupestre y evidencias de metalurgia, cerámica, textilería y rituales muy complejos, correspondientes a la fase Tilocalar, datada entre 1.500 y 400 años antes de Cristo”.
Lautaro Núñez habla con entusiasmo. El gran arqueólogo del norte de Chile todavía vive en búsqueda permanente. La historia de sus antepasados aún no ha sido del todo contada.
“Los descubrimientos arqueológicos aún me llenan de asombro y alegría”, dice convencido. “Para mí es un privilegio poder regresar al pasado y escuchar las voces que nos dicen: mire usted, nosotros hacíamos esto, y lo hacíamos con estos artefactos porque teníamos estos problemas. Creo ser uno de los primeros arqueólogos nacido en el norte de Chile. Yo soy sujeto y objeto de una misma investigación. Nací aquí y me voy a morir aquí. Soy un hombre del desierto”.
Sus favoritos
Museos de Azapa y de San Pedro de Atacama: “Recomiendo el primero para conocer las momias Chinchorro y toda la historia prehispánica que hay allí. En el segundo, sugiero observar cómo se logró tanto progreso en la prehistoria, tratándose de paisajes aparentemente inhóspitos”.
Pinturas de Taira, Alto Loa: “Para mí son las pinturas prehistóricas más bellas de Chile”.
Geoglifos de Pintados, cerca de Iquique: “Los geoglifos que más me han impresionado”.
Petroglifos de Tamentica, camino a Huatacondo. “Tienen gran contenido estético y estilístico. También me gustan los de San Lorenzo de Tarapacá”.
Quebrada El Médano, Taltal. “Espectacular, con pinturas rupestres de los antiguos changos”.
Pucarás de Lasana, Turi y de Quitor. “Los dos primeros están en el río Loa, el otro en San Pedro de Atacama. Son ciudadelas defensivas monumentales”.
Aldea de Tulor, San Pedro de Atacama. “Está a cargo de una comunidad atacameña bien protegida. Demuestra que la alianza entre comunidades y arqueólogos es posible y necesaria”.
Tambo Catarpe y de Peine. “Son asentamientos incas bastante grandes. En el sector de Peine está bien marcado el camino inca. La comunidad allí está capacitada para explicar su patrimonio”.
Sebastián Montalva W. Revista del Domingo
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Comentarios
Siempre he sentido curiosidad por este compatriota mio,soy Limeño,y me gusta la arqueología y se que este señor a explorado todo el sur del Perú,vamos el norte de chile,y bueno,me siento orgulloso de que existan personas como don Lautaro nuñez,a ver si algún día le invito a un ceviche virreynal..jejejje.









Estoy interesada en contactar al señor Lautaro Nùñez,vivo en Francia y desarrollo un proyecto en colaboracion con la II región de Chile, en las cercanias de San Pedro De Atacama.
Es posible obtener su dirección electrónica?
Gracias por su atención.