Pequeña Guía de un Valparaíso Secreto
A este puerto usted no lo conoce. Es el Valparaíso de sus habitantes. El que las guías de viaje miran con recelo o que, sencillamente, no han descubierto. Es el “Pancho” más íntimo, el que sólo un porteño de verdad podría revelar.
1. Chao postal. El verdadero Valparaíso no queda en el Cinzano ni en el interior de una de las chorrillanas que sirven en el Jota Cruz. O sí está, pero aquélla es una versión para la foto, demasiado perfecta, demasiado postal congelada de una bohemia que se extiende hasta el límite del amanecer.
2. Cualquiera lo aprende de inmediato si vive aquí. La mayoría de los porteños no ha ido a la Sebastiana jamás. Chris Martin de Coldplay y la doctora Ana María Polo, sí. Recomendaciones sobre tránsito urbano para evitar lo obvio: darse una vuelta por calle Bellavista, por Uruguay (cuidando la cartera o la mochila) o deambular por lo que queda de los negocios de Pedro Montt, comprar en las panaderías Guria o Serrano, mirar las vitrinas de las cordonerías de calle Victoria donde atienden señoras de delantal que sacan los productos de cajitas de madera, para envolver las compras en papel café y amarrarlas con pita. Ahí, todo el asunto del patrimonio no parece haber llegado. Da lo mismo. Valparaíso sigue funcionando a espaldas de los discursos públicos. A veces, en esos locales, hay pequeños banderines del Wanderers colgados como una especie de orgullo inevitable de resistencia ciudadana, una procesión que se lleva por dentro.
3. En Valparaíso no hay McDonald’s. Hubo dos locales pero no sobrevivieron. Así de fuerte es el puerto. En compensación, mejor arriesgarse con los completos gigantes del Navoli (a metros del Falabella porteño), superiores a cualquier cuarto de libra con queso.
4. Comer (primera parte). La mejor chorrillana la sirven en el Moneda de Oro, en la plaza cívica de la calle O’Higgins, a pasos de la plaza Aníbal Pinto. Ahí, en una especie de Liguria (pero sin el rollo del falso histórico ni el coleccionismo histérico de antigüedades) llegan pintores, escritores, obreros, profesores universitarios. En el bar está la mesa donde ciertos parroquianos han adquirido su derecho consuetudinario a batirse en duelos de brisca o dominó mientras comen empanadas de queso camarón o beben cola de mono.
5. Librerías (primera parte). Comprar libros nuevos en Valparaíso puede ser un problema. Las librerías duran poco y cierran rápido. Cadenas como la Feria Chilena del Libro y Universitaria han terminado quebrando. Por eso, es mejor ir directo a la Orellana o el Ateneo. La Orellana, que queda en calle Esmeralda, es antigua, está al día con las novedades y tiene precios bastante más baratos que en las grandes cadenas. A veces, entre los best sellers del mes es posible encontrar viejas ediciones de Gredos, Porrúa y Alianza, además de una buena selección de novelas y textos esotéricos. A veces, esas ediciones salen en saldo. En el Ateneo (calle O’Higgins), por el contrario, no se puede mirar casi nada: es simplemente un local donde al dueño –un señor sentado que le ordena a varias chicas que busquen en la inmensa bodega que está detrás suyo– se le pregunta por el título que se busca. A veces ese libro está. A veces ese libro no está. Si sucede lo primero: el precio es obscenamente más barato que en el resto del mercado. Por eso, antes de que comience el año escolar, el lugar está repleto. La gente se pelea por comprar ahí.
6. Comer (segunda parte). Para callos, riñones u otras exquisiteces, está el bar Renato (Manuel Rodríguez, a media cuadra de Pedro Montt). Lo mejor: el pernil, de preferencia con papas salteadas. Al lugar se llega dateado y puede parecer intimidante: su antigüedad y oscuridad no da ninguna pista de la calidad de su cocina. A unas tres cuadras está el San Carlos (Las Heras, llegando a Colón), al que acuden oficinistas y estudiantes y cuyo principal mérito es tener ese aire antiguo, esa solemnidad íntima que todos los clones de bares irlandeses matarían por tener. Lo bueno del San Carlos es una comida tan antigua como hardcore: cauceo de patas de chancho con porotos. Suena fuerte pero sabe, entre cerveza y cerveza, entrañable.
7. Cines. No quedan demasiados cines en Valparaíso. Los más antiguos son unos porno que están cerca de la plaza Victoria: el Condell y el Central. En el Central a veces hacen, los fines de semana, ciclos de películas de terror o de culto. Es lo más parecido a un cine arte que hay en la ciudad, porque el otro que quedaba, el Metro, terminó convertido en un Hoyts.
8. Consigna: saltarse a como dé lugar a gran parte de los anticuarios de la Plaza O’Higgins. Algunos exageran sus precios vendiendo escombros como oro al punto que pueden competir, por la estrategia, con los anticuarios de San Telmo.
9. Ferias. Mejor dar una vuelta por una feria más espontánea como la que se pone los domingos en calle Juana Ross o seguir, desde la misma plaza O’Higgins, el camino que lleva hacia el cerro, por calle Uruguay. Ahí, entre Victoria y la Facultad de Medicina de la Universidad de Valparaíso suelen instalarse en la vereda (de lunes a sábado) puestos de ropa, libros y bisuterías, etcétera. Además, si se anda en busca de antigüedades, aquella ruta lleva a la esquina de Colón con Uruguay donde hay un negocio gigantesco que vende casi todo lo vendible en el rubro, desde muebles hasta cámaras fotográficas, pasando por monedas, libros, botellas, lámparas, vajillas y revistas extranjeras de los años 70 u 80. A pesar del desorden, los precios son baratos y uno se puede pasar una mañana completa ahí revisando lo que hay.
10. Saben los que saben (primera parte). La pizzería La Riviera, que queda en calle Pedro Montt, tiene la gracia vender los trozos calientes recién salidos del horno (triángulos perfectos de queso fuerte, orégano, salsa de tomate y jamón), que los comensales se sirven de pie. La Riviera sobrevive a la catástrofe nuclear que parece afectar al sector: las polémicas por la venta del edificio de la Scuola Italiana, incendios de todo tipo, la conversión de locales del comercio clásico en importadoras chinas o de ropa usada. Como un acto de resistencia o tozudez moral, las pizzas del lugar siguen sabiendo igual, a pesar de todo.
11. Librerías (segunda parte). Frente al Congreso, en calle Pedro Montt, está la librería Crisis, que vende tanto libros nuevos como usados y que tiene uno de los mejores surtidos de poesía en Chile. También es posible encontrar ahí autoediciones, novelas que se juraban perdidas, viejos best sellers rescatados quizás desde dónde. Además, para quienes necesitan libros sobre humanidades, teoría literaria o sociología, están ahí desde las obras completas de Borges hasta los libros de Harold Bloom que edita Adriana Hidalgo. También tiene ofertas. El truco son los mesones de saldos: desde viejas ediciones de las Ediciones Universitarias de Valparaíso hasta libros de Planeta Biblioteca del Sur que parecían más extinguidos que los dinosaurios.
12. Saben los que saben (segunda parte). Las cecinas Sethmacher tiene un local a metros de la plaza Echaurren, que antes abría un par de horas al día, vendía todo y volvía a cerrar. Cuando se pasaba por fuera, era posible ver una larga fila de clientes esperando entrar. La razón es sencilla: el lugar ofrece la mejor charcutería porteña. Para alivio de los impacientes, si se llega temprano es posible llevarse perniles y arrollados recién hechos. También tienen prietas, mortadela con pimentón, salchichas, queso de cabeza y gordas de la casa. Lo mismo sucede con las empanadas Famosas de calle Salvador Donoso. No necesita más público al punto que, a pesar de llenarse, cierra sagradamente todos los días a las 19:00 y los fines de semana a las 14:00. El local conserva su aura de fuente de soda antigua y en él se encuentran las mejores empanadas de pino y queso del puerto.
13. No hay Starbucks en Valparaíso. Ese es un tema delicado. Lo de los cafés convoca cierta nostalgia irremediable. Un pasado roto que no hay forma de que vuelva. De hecho, hay porteños que aún extrañan el Café Vienés de los años 70 que estaba en calle Esmeralda, en el mismo lugar donde ahora sesiona el concejo municipal. Lo ocupan de referencia geográfica. Dicen: “juntémonos al lado de donde quedaba el Café Vienés”. Lo mismo corre para el Riquet, que tenía tres virtudes: era baratísimo, conservaba restos del esplendor de sus años mozos como salón de té al modo del Tortoni de Buenos Aires y sus meseros, algunos ancianos, eran capaces de recordar la historia completa de los personajes de la ciudad. Ambos cerraron. Pero aún tenemos patria, ciudadanos y esa patria está alejada del rango de la Plaza Aníbal Pinto. Están, por ejemplo, el Hesperia de calle Victoria, el Marco Polo y el Vitamin Service en Pedro Montt y el Bogarín, que no sirve exactamente cafés pero es un clásico absoluto. Así, en una ciudad cuyos locales recién abren a las diez de la mañana, a metros del Parque Italia, el Hesperia es el único que está funcionando desde temprano. Tiene una barra larga y sus muros están decorados con la secuencia de fotos de un naufragio. Cada foto congela en el aire el desastre y es inquietante pero acogedor ver esas fotos cuando uno se mete a tomar un té o un néctar, en medio de los trámites de la mañana. Cerca de ahí, casi a media cuadra, el Marco Polo tiene un look más clásico: el sabor de sus lomitos palta no ha sido atacado por los cambios continuos en el sector, que incluyen demoliciones, incendios y el arribo de una plaga de bares cerveceros universitarios. Con el Vitamin Service y el Bogarín ocurre lo mismo. Los helados del Vitamin Service aún vienen con paleta, la gente pide los mismos desde hace treinta años y los jugos y sándwiches de miga del Bogarín parecen no haber sido afectados por el hecho de que el clásico cine Valparaíso, que quedaba exactamente al lado suyo, fuera cerrado para ser –consecutivamente– transformado en una sala de fiestas, demolido y convertido en una multitienda.
14. Casa Rubio. Es uno de los pocos lugares donde es posible encontrar las señales del puerto mítico del que hablan los libros de Manuel Rojas o Joaquín Edwards Bello. Casa Rubio es una pequeña tienda en la calle Pedro Montt, frente al viejo cine Imperio (ése que tenía una fachada de pompa romana y ahora es una feria artesanal) donde se vende platería, medallitas religiosas y santitos. No es extraño toparse con sacerdotes comprando estampitas o rosarios. Pero ésa no es su principal gracia, a pesar de que sea su negocio. Lo que importa es lo que Casa Rubio conserva, no como antigüedades sino como mercancía vigente: vajillas que tienen décadas, juguetes de lata, útiles escolares (había hasta hace poco viejos estuches con Coné estampado) y productos que han ido quedando ahí, apilados unos contra otros en los mostradores, como una especie de museo involuntario donde aparecen las capas geológicas de la ciudad, los testimonios del tiempo sobre ella al modo de objetos que ligan a los ciudadanos con su entorno. Conmueve. Y uno vuelve ahí, cada cierto tiempo porque en Casa Rubio no han botado nada y, entre tanto objeto religioso están los jarrones y platos y copas y cristales y muñecos que se rompieron hace tiempo en las casas de los porteños, listos para ser comprados de nuevo, como si Valparaíso fuera eso, un eterno deja vú, un loop de la memoria que solo pueden percibir sus verdaderos habitantes.
Álvaro Bisama. Revista del Domingo. Foto: Flor de Ideas
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Comentarios
Excelente articulo….muy interesante…
el único riesgo de delatar abiertamente estos pequeños secretos parroquianos es que pasen a ser parte de un circuito turistico, pero creo que la identidad porteña es mas fuerte que eso…
saludos!
nos ayudaste en un trabajo de estudio de barrio de valpo!! graciaas!! esta demás decir que cada punto que pusiste te deja pensando, genial te felicito
la caminata desde el concepción pasando por el cerro alegre por avenida alemania hasta la sebastiana no deja también de ser un buen paseo de dia domingo.
sin riesgos de (cartera y mochila)









Hola, bueno, yo soy cliente antiguo del bar restoran San Carlos y las patitas no son de chancho sino de VACUNO por mas de 60 años.
Atte
Esteban Gutierrez