Mountain Biking Los Andes
El cicloturismo se divide en dos mitades iguales: voluntad y fuerza. Hay que saber sufrir sabiendo que no hay premio mejor, ni más corto, que la euforia de una bajada en medio del bosque. Los automovilistas te recordarán siempre, y con saña, que el mundo es de ellos.
Alejandro Kirk, La Nación
Hay gente que necesita ganarse los placeres. De esos soy yo. Hace un mes pedí una bicicleta prestada para cruzar la cordillera y un lunes por la noche partí, lleno de adrenalina y en un bus lleno de gente, hacia el lago Panguipulli.
De Panguipulli sale una carretera reluciente, perfecta en su combinación de verdes y azules junto al lago. La bici remonta alegre las subidas y bajadas, cada una con su sorpresa, y pienso que es un buen comienzo.
El aviso de “mote con huesillos” es irresistible. Han pasado 20 kilómetros y sólo 40 minutos. ¿Será fácil? En el boliche me informan que dos kilómetros más allá se acaba el pavimento. Desde allí faltan más de 30 kilómetros para llegar a la meta del día: Choshuenco (se pronuncia Chos-Huenco), al otro lado del lago, cuyo volcán, por suerte, ya está a la vista.
Tras el letrero de fin del pavimento me retracto de mis pensamientos facilistas y decido que aquí comienza el viaje real. Tomo una foto-testimonio y la mente se va involuntariamente a Valizas (Uruguay), donde unas chicas lindas me invitaron a pasar las vacaciones. ¿Qué cresta hago aquí?
Los 30 kilómetros se convertirían en varias horas de calamina, matizadas, menos mal, por las vistas del lago y el volcán, los ríos y el bosque nativo, que de curva en curva y de cerro en cerro le indican a uno que vale la pena seguir, que no todo es polvo ni turistas neuróticos.
Por el camino encuentro, botados en el piso, a Joaquín y Nicolás, dos estudiantes de Ingeniería forestal que quieren llegar en bicicleta hasta el salto de Huilo-Huilo. La carretera empieza a abandonar el lago, viene la cuesta, y tras la cuesta, el río Neltume y el poblado de Choshuenco.
Por 10 mil pesos alquilo un cuarto con dos camas, poca ventilación y una ampolleta de 25 W. Sin baño. Dos mil más cuesta un desayuno de Nescafé con leche, dos panes y unas fetas de queso. Tres mil quinientos una trucha a la plancha, deliciosa.
PIRIHUEICO
La meta del día siguiente asegura al menos un placer: cruzar el lago Pirihueico en barco. Son apenas unos 20 kilómetros hasta Puerto Fuy, de donde sale la barcaza, pero con más subidas que el día anterior, y todo el tráfico que lleva hasta el salto del Huilo-Huilo.
Esto del tráfico me acompañará siempre. Para un ciclista de ciudad es fácil odiar a los conductores, pero es especialmente fácil aquí, cuando te llenan de tierra, te acorralan contra la orilla y disparan piedras asesinas desde sus neumáticos.
Algunos saludan, algunos bajan la velocidad. Otros se burlan del gringo loco. Ciertos desubicados se acercan y preguntan si van bien a Argentina. Es difícil no mandarlos a la mierda, pero se puede.
Huilo-Huilo es fabuloso. Y llegando en bici, tres veces fabuloso. ¿Será el calor? ¿El sudor? Un agujero de agua verdeazul no me deja alternativa, y me sumerjo, casi en bolas. Libertad.
Allí mismo, en el agua, hago amistad con un chileno que vive en Río de Janeiro. Anda con su familia brasilera y me pregunta si se puede bajar la guata con el ciclismo. Le cuento que, en mis cálculos, se pierden unas 3.500 calorías diarias. Se queda pensando.
A la salida de Huilo-Huilo me encuentro con el poblado maderero de Neltume. Recuerdo que por aquí el MIR quiso hacer una guerrilla en los ochenta y los milicos los hicieron leña. No hay aceite de bicicleta en Neltume, no hay nada en Neltume, salvo unos pacos amables que me dan agua.
Así llego a la Montaña Mágica, un absurdo hotelito kitsch en el medio del bosque que trata de imitar un volcán, con lava y todo. Peterman se llama el dueño. Me recuerda unas ruinas romanas falsas que vi una vez en Filipinas. No parece volcán, sino avispero, pero genera un inusitado interés turístico.
Un poco más abajo el avispero dio lugar a algo aún peor: una estructura enorme, con forma de hongo, de unos ocho pisos. Me aclaran que lo peculiar, el toque distinguido de la obra, es que la estructura de acero está toda recubierta con corteza de árboles nativos. Me quedo mudo mientras tomo la foto del trabajador que ahueca con un hacha árboles centenarios.
La subida que lleva al hongo y al avispero es brutal, y conduce Puerto Fuy, que se ve bonito sólo porque está a la orilla del lago Pirihueico, que uno no se puede creer. Faltan cinco minutos para las seis de la tarde: la barcaza sale a las seis y me siento triunfador. Otra foto.
No hay carretera por el Pirihueico, y sus bosques llegan hasta la orilla aferrados a losas volcánicas casi verticales. Se me ocurre que debe ser divertido hacer esto mismo pero en kayak. El ferry está lleno de autos y familias. Todos van a San Martín de los Andes. Yo también.
La Residencial Pirihueico está al frente de la rampa de atraque de la barcaza. Los autos rugen y se van. Yo me quedo. Pregunto a la chica que atiende, Leticia, por unas ruinas que vi en la playa y me muestra la foto de lo que fue una hostería estatal de piedra y madera, estilo alemán, abandonada, incendiada y saqueada durante la dictadura.
Leticia me advierte que cuesta 200 pesos tomar una foto de la foto. Ella tiene ojo comercial, dice: “Aquí llegaba gente que tomaba la foto y no consumía nada”. Insinúo que ese cobro sea tal vez un incentivo para huir de allí, pero no cede.
Prefiero dormir en la playa. A la medianoche siento un motor y me alumbra un foco que no esperaba. “Somos funcionarios de Investigaciones”, dice la sombra. Se van. A la mañana siguiente, en el paso fronterizo de Hua Hum, un joven detective me pregunta si era yo el de la carpa amarilla. Sí, era yo. Por ahí acampan a veces narcotraficantes, me dice, que pasan por la montaña y esperan la barcaza. Qué raro.
¿TODO ES MENTIRA?
Todo es tan hermoso que parece mentira. Y casi. Un grupo de jóvenes científicos está haciendo estudios de impacto ambiental para una central hidroeléctrica que Endesa quiere construir en Neltume. “Me da un poco de vergüenza estar haciendo esto”, confiesa uno de ellos más tarde. “Lo que hagamos aquí no tiene la menor incidencia en las decisiones finales, todo queda archivado, nadie lo mira”.
Pero el gerente de Planificación Energética de Endesa, Rafael Errázuriz Ruiz-Tagle, no concuerda. El año pasado, en la Universidad Austral, dijo que la central “utiliza como base natural al Pirihueico y no hay ninguna inundación de terrenos, usándose este lago sólo como reservorio”. ¿Será?
En la lúgubre residencial, la noche anterior, un ingeniero forestal con pinta de alemán explicaba a unos amigos que la idílica visión del bosque oculta una bomba de tiempo: tala, intervención, destrucción del ecosistema, abandono. “En Alemania los bosques han sido propiedad de la misma familia por 800 años”, dice. “Aquí han cambiado de dueño cinco veces en 40. Allá tienen un valor cultural, aquí uno de especulación. Yo prefiero no mirar”. Pucha.
Lo último que se ve en la frontera de Chile con Argentina es un aserradero atestado de maderas de bosque nativo. Y lo primero que se ve al pasar allá es la bienvenida al Parque Nacional Lanín. Me atraviesa un rayo de genuina tristeza, que mitigo con un baño y un poco de sol en el lago Lacar, cinco kilómetros al este. Me faltan sólo 40 para San Martín.
SAN MARTÍN DE LOS ANDES
Entro feliz a la Argentina; no tengo la menor idea de lo que me espera. Una hamburguesa me dará una acidez de alcohólico por horas. Yo esperaba un bucólico camino pavimentado al borde del lago, pero estoy en un ascenso interminable de ripio, asediado por los autos y casi siempre lejos del agua.
Al anochecer, con la tierra pegada en el bloqueador solar, como un carapintada, hice mi entrada triunfal a San Martín de los Andes, una ciudad más bien falsa, pero bien hecha. Limpia, turística, ordenada, reluciente. Me viene Neltume a la memoria.
Constato de pronto que cumplí, que crucé la cordillera, solo y en bicicleta. El sueño del pibe: ¡un bife de chorizo, maestro!
Reconozco por ahí a algunos de la barcaza, los que iban con tanta prisa por bosques, ríos y lagos. Parece que venían atrasados a comprar chocolates y alfajores. Una mujer pide cigarros light “para mujer”, y su amiga dice que le sobran diez pesos. “Compra más alfajores”, le aconseja la otra.
Los automovilistas me hacen pensar en los perros, que andan siempre apurados y no saben adónde van.
VIVA EL PAVIMENTO
La salida de San Martín al sur es escarpada por más de 15 kilómetros, pero con pavimento. Es un día nublado, diez de la mañana, con un poco de diarrea. Tomo allí mismo una gran decisión: cuando se acabe el asfalto, en el kilómetro 52, me subo a un bus, entre los lagos Vallarino y Falkner. El recorrido es montañoso, con llovizna y mucho tráfico, pero en otra época del año seguro es memorable. Volveremos.
Llego a Villa La Angostura un sábado fresco. Desarmar y volver a armar la bici en menos de tres horas es una lata. Paciencia. El plan era dar la vuelta al lago Nahuel Huapi hasta Bariloche y hacer el famoso viaje interlagos hacia Chile en bote, pero me dicen que puede estar todo lleno y que podría tener que regresar. ¿Regresar? Jamás.
El letrero dice “Puyehue, 75 kilómetros”, son las dos de la tarde y enfilo hacia allá sin más, después de comer un poco de pan con salame y tomate en el lago Torrentoso, lindo y con playa.
Empieza así, sin plan, el trayecto más poético de la semana, con una leve sensación de tormento, recordando que por allí pasé una vez con una mujer que se me fue. Pero la mezcla de nubes y sol, las subidas y bajadas, los ríos, los olores, los glaciares, el agua fresca de los manantiales, el sonido del agua con las piedras, los pájaros que conversan, la soledad de la altura, todo eso conseguido a punta del más puro y noble esfuerzo, me hicieron hasta olvidar los autos.
Al llegar a la frontera, la cima marca 1.341 metros. Faltan todavía 20 kilómetros hasta la aduana y de allí dos más al camping reparador, pero con olor a estafa, del Parque Nacional Puyehue. Experimenté allí la euforia de una bajada que me pareció eterna, premio divino, escuchando salsa, música apropiada para una felicidad intensa y por eso mismo fugaz.
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