La Hora del Té con Vista al Llanquihue

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La zona de Osorno, Puerto Varas y Frutillar, famosa por su repostería de influencia alemana, es el escenario de este recorrido que incluye cinco lugares.


El sur es una invitación y una advertencia. Una invitación, porque no existe un mejor lugar para disfrutar de una clásica tarde de té, con chocolates y kuchenes. Pero también vale la advertencia: una tarde no es suficiente. Se necesita partir muy temprano en la mañana para alcanzar a conocer todos los lugares y todas las recetas repartidas en los casi 100 kilómetros que reúnen a Osorno - la puerta de entrada a la Décima Región (ahora que Valdivia es la “Región de los Ríos”)- , Frutillar, Puerto Varas y Ensenada. 100 kilómetros que conforman la cuna de la mejor repostería de tradición alemana en Chile.

La ruta comienza cerca de las 11 de la mañana en Osorno. En toda la esquina de las calles Mackenna y Cochrane, dentro de una imponente casona que acoge al centro cultural Sofía Hott - ligado a la comunidad del Colegio Alemán- , un pequeño letrero anuncia la llegada al Café Literario Hojas del Sur. Empezar el día allí no fue una casualidad; varios osorninos habían votado por él a la hora de elegir un lugar en la ciudad donde disfrutar de strudels y tartas de factura ciento por ciento artesanal, alejada de las producciones a gran escala, con preservantes y colorantes.

El lugar es pequeño; no tiene más de siete mesas más una barra y un par de sillones en los que hay dos personas tomándose un café. Uno hojea un libro de graffitis; el otro, una novela. En un rincón hay una muestra de tejidos artesanales de inspiración mapuche; más allá, una vitrina de joyas talladas en plata por artesanos de la zona. La repisa con los kuchenes, pies, strudels y tortas se ve tentadora, pero más aún lo es el aroma a chocolate que sale de la cocina: el Hojas del Sur ofrece diez variedades - entre amargas, dulces y con especias- que traen de Inglaterra y que sirven en tazones de cerámicas gres diseñados para ellos por una artesana santiaguina. Su fuerte también es el té, con 25 variedades en bolsita y hoja, que sirven en teteritas con su propio mechero para que siempre estén tibias.

Pero lo que los identifica por esencia - y les ha permitido hacerse muy conocidos, aun cuando llevan poco más de un año abiertos- es su repostería. Guisela Barría, la administradora y una de las dos mujeres que atiende el café, cuenta que al inaugurarse el Hojas del Sur, el objetivo de su dueña, la licenciada en arte Christine Fuchslocher, era que fuera un lugar donde se rescatara la cultura germana en manos de sus propios colonos y descendientes. Por eso, desde las galletitas hasta las tortas, pasando por los jarabes y las empanadas de manzana, están hechos por las mamás o las nanas de alumnos y ex alumnos del Colegio Alemán, quienes cocinan con las recetas que heredaron de sus omas: a fuego lento, en hornos a leña y con ingredientes propios de la zona, como las zarzaparrillas, las grosellas y arándanos.

Y no es sólo eso: las mesas - con rústicas formas donde se adivinan lo que alguna vez fueron troncos- están hechas con madera nativa de Valdivia, y las sillas son las mismas que pertenecieron a la generación 1942 del Colegio Alemán, con el nombre de cada alumno que la ocupó tallada en su respaldo.

Dentro del Hojas del Sur el tiempo parece pasar sin apuro para sus comensales. Si al llegar sólo había un par de mesas ocupadas, a la media hora el local está lleno, en su mayoría con grupos de amigas que pasan a hacer un alto en la mañana al calor de la enorme cocina a leña que entibia el lugar.

Desde una mesa, el comentario de una mujer casualmente definirá el próximo lugar en esta ruta:-

Si quieren conocer un salón de té de otro mundo, tienen que vivir la “Experiencia Lavanda”.

Vivir la “Experiencia Lavanda”, sabríamos más tarde, no era cosa de minutos. Primero había que avanzar 83 kilómetros al sur para llegar a Frutillar. Y luego, encontrarla, en la punta de un camino empinado que mucho ayuda a envolverla en un aire de misterio.

A Frutillar se llega luego de casi una hora de viaje desde Osorno. Para seguir el camino hacia la “Experiencia Lavanda”, hay que seguir por el camino al poblado de Quebrada Honda, y luego tomar un sendero hasta toparse con el letrero “Lavanda, Casa de Té”.

Como su nombre lo dice, el lugar tiene una enorme plantación de lavandas. Es cierto: en esta época no están en la plenitud de su crecimiento como entre diciembre y enero - cuando sus visitantes pueden cortarlas y llevarse ramitos- , pero con sus primeras florcitas moradas ya a la vista. Más atrás, una casa blanca de estilo provenzal acoge al salón que, desde noviembre del año pasado, se ha convertido en un lugar obligado para los amantes del té, con siete mesas dispuestas en forma de sala de clases, más una pequeña tiendita llena de artículos relacionados con el té y la lavanda: té en hoja, tazones, tacitas, sacos de flores para perfumar y cocinar, delantales de cocina y hasta muñecas.

Para el Lavanda éstos todavía son días de temporada baja, por lo que sólo recibe visitantes previa reserva. Pero desde la cocina - que puede verse desde todos los lugares del salón- no dejan de fluir los aromas de las mermeladas y cremas que tres cocineras están preparando para rellenar unas tartas, que deberán tener listas para un grupo que mañana llegará a celebrar un cumpleaños con un “Afternoon Tea”, la especialidad de la casa.

En el salón se respira calma. Eso es lo que quería lograr su dueña y gestora, Kristina Sams, quien luego de unos minutos llega al salón y ofrece una taza de té aromatizado con piña y frambuesa. Delicioso. Lo mismo que las masitas con forma de caja de regalo, bañadas en chocolate blanco y un toque de glacé lavanda. Cuenta que cuando llegó a Frutillar hace siete años, después de vivir en Argentina, Canadá, Estados Unidos y el norte de Chile, pensó en cómo podría unir las plantaciones de lavanda - que se daban en sus terrenos- con el té, la segunda bebida más consumida en el mundo después del agua. Fue así como nació el salón de té, y de ahí, su expansión hacia el área gastronómica, donde, por supuesto, incluye la lavanda como uno de sus ingredientes estrella, ya sea en mezclas de té, en el pan o en algunos tipos de galletas. Pronto sumará una línea de helados con esta esencia.

Kristina, descendiente de canadienses, ingleses y alemanes, es fanática del té, y como tal ha elaborado la carta del Lavanda sobre la base de la tradición del five o’clock tea, las canastas inglesas, los chocolates y mini sándwiches. Pero tampoco podía dejar atrás la herencia alemana de su oma, que la crió en medio de strudeles y kuchenes, que tampoco faltan en su catálogo de productos.

Todo lo que ofrece el Lavanda viene con delicadas decoraciones: hasta los cubos de azúcar para endulzar el té tienen lavanditas de glacé en una de sus caras. Por eso quienes han pasado por aquí no dudan en recomendar la “Experiencia Lavanda”.

Muy cerca de Frutillar, 25 kilómetros al sur, está Puerto Varas, destino obligado para una tarde de té con un reloj que ya marca las cinco de la tarde. En pleno centro de la ciudad, en la calle San José, la primera parada es el Café Mamusia, que lleva más de cuarenta años de tradición en la zona. Estar aquí es como estar en el living de la casa de la abuela, y un rato más tarde, su dueño, César Benavides, confirmaría que ésa es la sensación que busca entregar: luces tenues, acogedoras mesitas de madera y paredes de color pastel adornadas con grandes platos ornamentales polacos, tan típicos del lugar que, cuentan sus empleados, una vez intentaron sacarlos para modernizar el local y la clientela les reclamó tanto que debieron ponerlos de vuelta.

Detrás del Mamusia - que significa “mamita” en polaco- está la fusión de dos tradiciones, la de sus fundadores - Florentino Benavides y Elianira Vergara, que le imprimieron influencia germana- y la de su nuera, Maritza Lindh, quien los sucedió en el negocio y le impuso su estampa polaca. Sin embargo, su actual dueño, hijo de Maritza y nieto de Florentino y Elianira, prefiere desprenderse de las definiciones. Para él, la cocina del Mamusia es casera, poco sofisticada y tradicional, pero por sobre todo sabrosa. Y así se comprueba al probarla: las porciones son grandes y sus ingredientes todos hechos en la misma cocina.

A pesar de que con los años han ido diversificando su carta, al punto de ofrecer comida casera a la hora de almuerzo y hasta curanto los primeros viernes de cada mes, su fuerte sigue siendo la repostería, que funde la tradición alemana con frutos típicos de la zona. Su especialidad son los kuchenes de frambuesa, grosella, murta y manzana. También se han atrevido a innovar: a pedido de sus clientes, ofrecen un pie de limón y frambuesa y la requerida “Torta Mamusia”, con base de panqueque naranja, merengue y bizcocho con nuez, dulce de frambuesa y rosa mosqueta. Todos hechos durante el día, con un aspecto más bien rústico y poco cuidado de los detalles, pero deliciosos.

A un costado del salón de té está la chocolatería, nacida en el año 2001 para complementar la oferta, que partió con una modesta producción hecha en casa y que ahora ofrece bombones para todos los sabores y gustos: desde frutilla y menta hasta murtado, algo así como un enguindado pero hecho con murtilla. Y al lado, la vitrina con las tortas y pasteles, que se venden tan rápido que en menos de media hora ya se ha desocupado casi por completo.

Unas cuadras más allá, en la calle Del Salvador, está el Café Dane’s, el favorito de quienes visitan el Teatro del Lago, que desde hace dieciocho años recibe a sus comensales en un pequeño local construido en madera y una pastelería que incluye el strudel más famoso de Puerto Varas: el Apfelstrudel, con una salsa tibia de caramelo que cae generoso por sus bordes, y que contrarresta a la perfección la acidez de su relleno de manzanas. Tan rico que basta un pequeño pedacito para endulzar el día.

Tal es el éxito del Dane’s que es difícil encontrar una mesa disponible. Para su dueña, Hellen Nielsen - a quienes todos llaman la Tante (tía en alemán)- , la clave es que entregan una atención personalizada con productos caseros, hechos durante el día sin preservantes, con una cocinera que revuelve con paciencia la mermelada, y otra que con buen pulso pica cada nuez para luego incorporarla a los kuchenes. Todo bajo su supervisión, la misma que le enseñó su abuela alemana, sobreviviente de la Segunda Guerra Mundial y que crió a Hellen con sopa de rosa mosqueta, ciruelas envueltas en masa de crema y canela y strudel como plato de fondo en vez de la comida tradicional.

En el Dane’s no sólo tienen una variada pastelería. También se han hecho famosos por sus empanadas de pino - que despachan incluso a Santiago- , sus pasteles de choclo y sus pisco sour, que las personas encargan en botellas para servirlos en sus cocteles y celebraciones. También se han especializado en sándwiches: el más pedido es el chacarero, con la cuota justa de ají verde y pan tan sabroso como el horneado en casa.

El recorrido no podía terminar sin la visita a las Onces Bellavista, en Ensenada, 34 kilómetros al este de Puerto Varas.

En medio de la ruta camino al pueblo, las ya tradicionales Onces Bellavista son famosas no sólo por sus suculentas propuestas a la hora del té; también porque tienen una vista inmejorable al lago Llanquihue, además de un mini–zoológico que alguna vez llegó a tener hasta un puma.

Es martes y a media tarde aún no hay muchas mesas ocupadas en Onces Bellavista, lugar ambientado como si fuera una rústica cabaña en medio del bosque. Dos están ocupadas por dos grupos de amigas, uno de ellos al que habíamos visto también en el Café Mamusia.

Al llegar, sus dueños, Eugenio Weisser e Ingrid Berner - que a pesar de llevar mucho tiempo en Chile todavía hablan con acento alemán- tienen dispuesta una mesa con una vista sobrecogedora: las araucarias de su jardín y un Llanquihue algo desdibujado por la lluvia y nubes como telón de fondo. Los Weisser–Berner ofrecen jugo natural de cerezas cocidas, pasta de salmón, queso crema y huevo para las tostadas, y una variedad de kuchenes, tartas, strudels y galletas para convertir la hora del té en la principal comida del día. Más allá, hay un mesón con delicatessen para llevar: bolsas de galletitas, frascos de miel y mermelada, conservas de fruta y otras exquisiteces.

Son las 19.30 horas. Las amigas conversan y sobre la mesa aún quedan varias tartas y galletas. El Llanquihue ha desaparecido en medio de las nubes y el atardecer. Es hora de regresar.

CAFÉ HOJAS DEL SUR: Avenida Mackenna 1011, esquina Cochrane, Osorno. Teléfono: 08 296 9669.

LAVANDA CASA DE TÉ: Camino a Quebrada Honda, km. 1,5, Frutillar bajo. Teléfono: 09 269 1684.

CAFÉ DANE’S: Del Salvador 441, Puerto Varas. Teléfono: (065) 232 371.

CAFÉ Y RESTAURANTE MAMUSIA: San José 316, Puerto Varas. Teléfono: (065) 529 271.

ONCES BELLAVISTA: Camino a Ensenada km. 34, Ensenada. Teléfono: (065) 335 323.

Fuente: Revista Ya

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Comentarios

Pongan Informaciòn de las Casitas de mackenna po! Mà ensyma tengo una tarea qe ni puedo aser porque ni aparese la informaciòn son mas chantas! CHAO

SON TERRIBLE CHANTAS LOCO PFFF! CHAO CON USTEDES! JUUUUUM!

El café Dane’s está sobrevalorado, las tortas y kuchenes no tienen el toque casero del que se habla, en general el sabor es bastante común. El local por su parte es muy pequeño , se llena y no hay un sistema para repartir las mesas, el personal es insuficiente y poco atento.
En general lo que se obtiene es una mala atención, tiempos de espera desmedidos para recibir una comida que se puede encontrar en cualquier parte . No recomnedable.

No coincido con el comentario anterior. El cafe danes esta muy lejos de ser algo industrializado, poco casero.
Siempre hay que tener paciencia cuando se va a un lugar con prestigio y con alta demanda.
Quizas la atencion no sea tan personalizada, pero eso es algo que se paga y los precios del danes son totalmente accesibles.
Para tener un parametro de atencion basta cruzar la frontera y ver como nuestros hermanos argentinos.
Nos malatienden, te ignoran y tramitan aunque el local este vacio

Creo que el danes es una excelente opcion, mucho mejor que otros $as conocidos como entrelagos en valdivia…. Mal atendido, mayor comodidad para fumadores, ufff

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