28a. Edición de la Feria del Libro en la Estación Mapocho
Con cuatro días más, la tradicional muestra que se realiza hasta el 16 de noviembre en el Centro Cultural Estación Mapocho registra una asistencia de público y ventas inesperadamente buenas. Sin la visita de sus figuras más conocidas, la presencia de Colombia, el país invitado de honor, se mantiene viva mediante espectáculos, lecturas y exposiciones.
Para los que crecieron asistiendo cada año a la Feria Internacional de Santiago, mejor conocida como Fisa, la experiencia actual más similar a esa peregrinación es la Feria Internacional del Libro de Santiago, Filsa. Como en la desaparecida muestra de Cerrillos -tecnología doméstica junto a vacas lecheras y toros campeones-, el encuentro de la Estación Mapocho mezcla novedades para entendidos con panoramas ideados para toda la familia, incluidos cuentacuentos, números musicales y algodones de azúcar.
Se trata de una oferta honesta: es una feria, no un congreso de escritores. Una feria del libro, no de literatura. No exclusivamente, al menos. La literatura tiene espacios reservados, no siempre los más visibles, pero es indudable que las estrellas no son aquí los autores de bajo perfil, de gusto académico o para minorías, sino, por el contrario, aquellos capaces de atraer grandes audiencias los fines de semana, llenar salas y autografiar ejemplares de sus libros. Los toros campeones.
En este sentido, implicó un riesgo la decisión de la Cámara del Libro de elegir a Colombia como el país invitado de honor. Como era previsible, sus mayores figuras -García Márquez, Álvaro Mutis, Fernando Vallejo- no pudieron o no quisieron venir. La ausencia del primero se intenta mitigar con la exposición “Gabo del alma”, una especie de pequeño santuario con sus fotos y textos más representativos, además de la lectura pública de su libro canónico: Cien años de soledad. Para leerlo se turnan voluntarios del público y personalidades convocadas: desde las ministras de Cultura de Chile y Colombia hasta diplomáticos como Andrés Bianchi, la ex primera dama Luisa Durán o la modelo Rosita Parsons. La asistencia de fieles a este lugar de culto depende del día y los invitados, pero hasta el más escéptico debe admitir que permanece viva la llama de la fe en el apóstol del realismo mágico.
Situado en un espacio clave del recinto, el stand de Colombia mantiene una exhibición de libros permanente. No es tan nutrida considerando el lugar de potencia editorial que ese país ocupa, pero tiene la gracia de que sus libros están a la venta. Esto es posible gracias a que la Cámara Colombiana del Libro se asoció con el Fondo de Cultura Económica, que se encarga de la gestión comercial del stand. Bien representadas están las editoriales universitarias, con abundantes obras de historia, derecho y filosofía. La oferta de prosa y poesía, en cambio, es menos variada, pero algunos de los libros que faltan se pueden encontrar en los puestos de las editoriales presentes en la Feria.
Vale la pena buscar en el de Planeta las novelas de Jorge Franco, Fernando Quiroz y Mario Mendoza (autor de Satanás y Los hombres invisibles), que entregan una mirada a la realidad colombiana bastante más compleja y matizada que la de muchos libros testimoniales que circulan por estos días. Los trabajos del ondero Andrés Caicedo (Mi cuerpo es una celda) y del épico William Ospina (El país de la canela) están en el de Norma, mientras que Darío Jaramillo Agudelo (Libros de poemas, Guía para viajeros) y Gustavo Cobo Borda (El lector impenitente), dos escritores de fuste, están representados en los catálogos de Taurus, Norma y Fondo de Cultura.
Oferta diferenciada
Un recorrido por el recinto permite advertir que los expositores más astutos han optado por un trabajo de nicho, buscando un perfil de lector más definido. Ediciones B apuesta por historiadores, críticos y novelistas todavía jóvenes, quienes exploran en sus respectivas áreas algo así como el lado B de la cultura chilena. Libros como Synco, Siútico, Cien o XX. Historias del siglo veinte chileno dan cuenta de esta estrategia. Regalar poleras a los primeros compradores de la novela de Baradit no solamente eleva las ventas en la feria, también fomenta la identificación con lectores adolescentes. Casi los mismos que compran cómics en locales especializados y buscan los libros de Caicedo.
Catalonia obtiene éxito con libros de astrología y espiritualidad: Un espejo cósmico, de Gonzalo Pérez; Horóscopo chino, de María de los Ángeles Lasso, y El Tarot, de Jaime Hales. Dirigidos, de preferencia, al público femenino, como quedó de manifiesto el miércoles, primer día dedicado a la mujer. La entrada gratuita para ellas se justificó holgadamente con las ventas: decenas de lectoras hicieron una larga fila para que Ángeles Lasso les firmara el libro y otra aun mayor para entrar al recital de música y poesía de Pedro Aznar, quien repletó la Sala de las Artes y luego autografió casi 300 ejemplares de su libro en el stand de Zig-Zag. “Ni en Argentina mi libro había tenido tanto éxito”, comentó Aznar.
Un curioso fenómeno transversal es el retorno de los libros de pequeño formato. No se trata solamente de los volúmenes en miniatura que hacen furor en, al menos, tres locales de la Feria (algunos bastante cursis o derechamente kitsch), sino también de las colecciones de bolsillo impulsadas por La copa rota (Chejov, Machado de Assis, Kafka) y La calabaza del diablo (”Házla corta”). La idea parece ser ganarse al lector ofreciéndole literatura en pequeñas dosis, más fáciles de digerir que una novela o un tratado. Lejos de la elegancia bibliófila de los Crisolitos publicados antaño por Aguilar, la tendencia se acerca a intentos de masificación como los minilibros de Quimantú o los Libros del ciudadano, de Lom.
Queda por ver si la disminución del tamaño es la única vía para reducir los precios. En el stand de Venezuela están los robustos tomos de la Biblioteca Ayacucho a precios realmente insólitos. Cuesta creer que una edición en tapa dura de Martín Rivas, con prólogo y notas de Jaime Concha, pueda venderse a $2.750, o que la Obra selecta, de Emir Rodríguez Monegal no supere los $5.900. Un verdadero festín para los estudiosos de la literatura hispanoamericana, pero también para cualquier lector que se quiera acercar informadamente a clásicos continentales difíciles de rastrear en librerías, como Rodó, Salarrué, Lugones o los cubanos del Grupo Orígenes.
Salvo éste, no hay muchos ofertones. Sí buenas oportunidades. Océano vende La historia del arte, de Ernst Gombrich, en la excelente edición de Phaidon, a $22.500, y ofrece novelas de E. L. Doctorow a $2.500. El Lugar de las Palabras liquida en torno a los $3.000 saldos de Juan Goytisolo, Bioy Casares y José Ángel Valente publicados en Alianza, sello que a partir de ahora distribuirá Zig-Zag.
Así las cosas, vale la pena darse una vuelta por el recinto del Mapocho, estación obligada en esta época del año. Mal que mal, la Feria se ha convertido a estas alturas en algo así como el Festival de Viña del libro: se le pueden criticar muchas cosas -partiendo del hecho que la región invitada, en esta oportunidad la del Bío-Bío, pasa tan inadvertida como la competencia folclórica-, pero finalmente todos quieren estar en ella porque es, al fin y al cabo, la única instancia en que los lectores chilenos se encuentran masivamente con los libros y sus autores.
Feria del Libro en la Estación Mapocho
1 al 16 de noviembre
Entrada general: $1.000 (lunes a jueves); $2.000 (viernes a domingo)
Estudiantes: $1.500 (vi. a dom.). Niños no pagan.
Fuente: El Mercurio
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