Nelly Alarcón, la Tejedora de Chiloé

Hace tres décadas a Nelly Alarcón, profesora chilota, se le ocurrió armar vestidos con los tejidos que conocía desde niña.Seis de octubre de 1972. En el centro de exhibiciones Espace Cardin de París una mujer de ojos azules, melena corta, piel muy pálida y faldas largas con motivos indígenas se prepara para mostrar una colección de vestidos inspirados en su natal Chiloé ante un curioso y exquisito público conformado por editoras de moda de las principales revistas galas y el mismo Pierre Cardin, el modisto más moderno de la época y dueño del espacio donde se realiza el show. Son treinta diseños de lana pura tejida en telar, en colores sacados del paisaje chilote y con formas simples que el entonces embajador de Chile en Francia, Pablo Neruda, describe con su particular estilo.
- Lo que ustedes van a ver son las ropas de mi país, ropas del viento y de la lluvia de una isla lejana donde las mujeres se quedan solas porque sus maridos salen a ganarse el pan mar adentro o al otro lado de la cordillera, en la Patagonia - anuncia orgulloso el hombre que un año antes acababa de ganar el Nobel, y prepara así el ambiente para un desfile de una hora y media que deslumbra a un público que aplaude entusiasmado.
La prensa también se asombra. Al día siguiente Le Figaro publica en su portada una foto de la colección y titula: “Inspiración chilena para la alta costura”.
Tres décadas después de ese éxito, Nelly Alarcón, la mujer de ojos azules y melena corta, recuerda ese momento y guarda silencio. En su mirada, ahora más cansada y con un azul más opaco, hay una expresión de orgullo y nostalgia. Son las cinco de la tarde, los últimos rayos de sol luchan por abrirse paso por un cielo tristón y el viento comienza a pegar fuerte. Estamos en Cucao, un poblado de Chiloé. En medio de un camino de tierra y piedrecillas que lleva al mar que se intuye empañado en el horizonte. Lejos de París. Lejos de Estocolmo y de Londres, las otras ciudades europeas que conformaron esa gira que la llenó de aplausos antes de que su propuesta fuera reconocida en Chile.
- Ese desfile en París fue algo fantástico - dice repentinamente- , nunca imaginé que mi ropa tendría tanto éxito… No me gusta vivir del pasado, pero ese momento me gusta recordarlo.
No es la única.
El éxito de su desfile parisino y su gira europea es una leyenda entre los conocedores de la breve y, se podría decir, insípida cronología de la moda nacional.
La travesía de Nelly es importante no sólo porque Cardin le compró todos sus diseños, porque una revista inglesa fotografió a la actriz Diana Rigg con sus vestidos o porque en Suecia la ovacionaron mil personas. Lo fundamental es que esta mujer consolidó internacionalmente la llamada “moda autóctona”, una propuesta de estilo absolutamente alejada de las tendencias foráneas y que redefinió el conservador vestuario femenino con detalles de raíces criollas.
Una tendencia que en los últimos años ha vuelto a revalorizarse, a venderse en boutiques exclusivas y que Nelly creó sólo por intuición. Por la simple necesidad de hacer cosas bonitas. De aplicar lo que aprendió de sus abuelas, con quienes descubrió el telar chilote y el oficio de hilar la lana de oveja.
Llegar a los dominios de Nelly Alarcón en Chiloé es una aventura. La diseñadora–artesana, como le gusta que la llamen, vive en las afueras de Cucao, un poblado ubicado a 60 kilómetros de la ciudad más grande de la isla, encajonada entre el Océano Pacífico, el lago Huillinco y el río Chanquín.
Su casa de tres pisos, de forma rectangular y armada con tejuela que con el tiempo ha tomado un tono grisáceo, es conocida por los vecinos del sector como “el faro”. Un nombre acertado para una curiosa construcción que descansa sobre una loma y está rodeada por una cerca de ramas y arbustos de murtilla que se enredan en sus alambres.
Nelly decidió venirse aquí desde hace ocho años. Quiso cumplir con una fantasía que tenía de niña, cuando junto a sus padres y sus hermanas Maruja y Rubi (hoy en Bélgica y Pirque, respectivamente) acostumbraba a veranear en esta playa. Entonces realmente era complicado llegar acá. Casi no había camino, el pueblo era minúsculo y la playa - que según las publicaciones turísticas tiene casi 20 kilómetros- era aún más solitaria.
- Lo único que no ha cambiado es la arena blanca, la fuerza de la olas, los bosques y el viento que los azota por las tardes - dice mientras pone la tetera en la cocina chilota que abriga toda la casa. Alrededor del fogón gira todo su living: una sala extraña pero acogedora que está decorada con muebles antiguos y coloridos estantes en miniatura que parecen altares en sus murallas. Hay un sofá cubierto con tejidos de telar y un ventanal de cuyas cortinas cuelgan unas marionetas desarmadas. En el centro, una mesa de madera con una planta, un libro de Gaudí y sus catedrales y, lo más importante, una pila de revistas de páginas amarillentas, cajas con fotografías y un sinfín de recortes de prensa. Registros de la época en que Nelly marcaba la tendencia.
Todos estaban clasificados antes de la entrevista, pero terminaron totalmente desarreglados cuando Nelly comenzó a ordenar sus recuerdos. Cuando empezó a deshilvanarlos para rearmar su historia.
Nelly Alarcón Barrientos tiene 73 años, jamás se ha casado, pero es madre de dos hijas: Soledad que es diseñadora gráfica y vive en Brasil, y Tania, una periodista que vive en Castro.
A diferencia de sus hijas, Nelly nació y creció en Castro, en una enorme casona en el centro de la ciudad que todavía está en pie. A los 22 años se tituló como profesora normalista y durante casi diez años trabajó en el liceo politécnico de Castro. Ahí enseñaba a sus alumnos a hacer manualidades, especialmente trabajos en cuero y “otros trabajos que todos consideraban extraños pero bonitos”.
A los 32 años, Nelly tomó una decisión que sorprendió a todo Castro. Si a principios del siglo pasado su abuela Isabel abandonó a su marido porque se aburrió de las infidelidades y se convirtió en la primera mujer separada del archipiélago, a fines de los ‘60 la profesora Alarcón quedó embarazada de su novio y decidió ser madre sin casarse. Ni siquiera se lo planteó, simplemente quería tener a su hija sola.
–No me pareció correcto responsabilizar a un padre que no quería serlo - comenta, y repite el mismo discurso que enunció en una entrevista que dio a la periodista Amanda Puz en 1971.
Aunque le daba lo mismo que sus vecinos y compañeros de trabajo compartieran su opción, cuando tenía seis meses se vino a Santiago. Más que la sanción colectiva, quería evitar dar un ejemplo a sus alumnos que, asumió, no tenían la edad para entender su decisión. Con unos pocos ahorros y la ayuda de un buen amigo que la recibió en su casa, se fue para comenzar una nueva vida. Un rumbo, que sin quererlo, terminaría acercándola a la moda.
Nelly volvió a la isla cuando su hija María Soledad cumplió cuatro meses. El viaje le sirvió para reencontrarse con su familia y llenar dos maletas con artesanía que compró entre campesinos, especialmente tejidos a telar. Su idea: armar un puesto en una feria que todos los domingos se ubicaba en el cerro Santa Lucía. Mientras vendía sus “cachureos”, Nelly no pudo evitar su gusto por las manualidades y tomó unas sabanillas (tejidos de 70 centímetros de largo, en lana cruda hilada a mano y teñida con vegetales) con las que armó una túnica muy simple. Como el resultado le gustó siguió experimentando. Y vinieron las faldas que confeccionó con unos chales, después los abrigos de mangas anchas en los que combinaba colores más tradicionales del “patone chilote” y, finalmente, se atrevió con los vestidos más elaborados en los que utilizó las técnicas como deshilachados, bordados y ribetes a crochet, que aprendió de su abuela materna y de las artesanas que conoció durante su juventud.
Pese a que estaba convencida de la belleza de sus trabajos, Nelly sólo se los mostraba a sus más cercanos. Como no se le pasaba por la cabeza la idea de venderlos (”ganaba con las artesanías”), prefería guardarlos en su casa como su colección privada. Un domingo la casualidad cambió sus planes. Blanca Ossa, una de las dueñas de Boutique Thai en la que trabajaba Marco Correa, otro gran diseñador de la moda autóctona, visitó la feria y le compró unas artesanías. Nelly no recuerda en qué momento de la conversación decidió mostrarle sus diseños. Su sorpresa fue tremenda. Le dijo que no podía creer que eso estuviera haciéndose en Santiago.
Entonces todo comenzó a enhebrarse. Con el auspicio de una industria textil Yarur, el fotógrafo Horacio Walker, que trabajaba en la revista Paula, estaba ideando un reportaje para mostrar una moda de inspiración realmente chilena y original. Consultó a Blanca. Ella le pasó la dirección de Nelly, quien vivía en avenida Bellavista, cerca de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile.
–Horacio llegó una tarde y me pidió que le mostrara mis trabajos. Yo tenía veinte vestidos armados, se los mostré y le parecieron fabulosos - recuerda Nelly, quien semanas después estaba en Chiloé con Walker y una modelo fotografiando los vestidos para la revista.
- El resultado fueron unas fotos espectaculares de las que todo el mundo hablaba - comenta Delia Vergara, entonces directora de la revista. La periodista fue una de las gestoras del viaje de Nelly a Europa y del desfile con que deslumbró a los parisinos.
A esas alturas Nelly ya había inaugurado “un boliche” llamado Tentenvilu (la serpiente guardadora de Chiloé), donde vendía su ropa.Se convirtió en una estrella entre los intelectuales santiaguinos: el mismo Nemesio Antúnez la invitó a ella y a sus dos hermanas (que también se dedicaban al arte) para que hicieran una muestra de su trabajo en el Museo de Bellas Artes.
- Y Neruda vio las fotos, averiguó sobre mi trabajo y empezó a hacer los contactos para que pudiera hacer mi desfile en París - dice Nelly, quien recuerda que el poeta después del desfile le dio un consejo que hasta ahora agradece.
- Cuídate de los que se quieren aprovechar de tu talento - fue la recomendación que le hizo a puerta cerrada en su oficina con una copa de champaña en la mano.
Nelly le hizo caso. Y quizás eso la alejó de comercializar su estilo, y la convenció de volver a Chiloé.
La primera imagen que Nelly tiene de un telar se relaciona con sus abuelas. Dos mujeres, a las que curiosamente imitó en muchos aspectos. La paterna, que se llamaba Claudina, también fue profesora y en sus ratos libres hilaba la lana con la que tejía enormes frazadas. La materna, Isabel Gallardo, no sólo revolucionó a Chiloé con su separación, también demostró un talento empresarial inédito para la época al instalar un taller con telares chilotes, en los que sacaba más de 120 puntos diferentes y tejía sabanillas que enviaba luego a Londres. Como el negocio se convirtió en una mina de oro, contrató 16 tejedoras para cumplir con todos los pedidos.
Ya entonces los tejidos chilotes demostraban tener dos puntos a favor que los hacían más suaves y dóciles que los desarrollados por los araucanos y los nortinos. Primero porque la lana se hila en bruto y con toda la grasa, porque en la isla, debido a la lluvia, el vellón sale mucho más limpio. Un detalle que permite que su textura quede más suave para que las mujeres puedan tejerlas en sus complicados telares de palos. El segundo punto a favor es el colorido, que se logra con la utilización de los vegetales del archipiélago, que - si bien es limitado- tiene la particularidad de que dentro de un color se dan distintas gamas. Desde el tostado que se obtiene con el liquen que sale de los troncos viejos, hasta el naranja que da el espinillo, una maleza que invade la región.
Nelly dice que todos estos conocimientos fueron fundamentales para que desarrollara su trabajo y supiera reinterpretar el espíritu de sus tejedoras con respeto. Por lo mismo detesta que a su trabajo lo califiquen como moda, porque esa palabra le parece superficial. Frívola.
Lo de ella, recalca, es más auténtico.
La tranquilad es total en Cucao. Son la diez de la noche, el viento pega fuerte y a lo lejos se escuchan los sonidos de los grillos. Desde el ventanal del living de la casa–faro ya no se ven las vacas que vagabundeaban en la mañana buscando pasto, ni la diluida línea de mar que se intuía al mediodía. El atardecer naranja, que iluminó las últimas horas de la tarde, ahora se transformó en un negro profundo. En un tono parecido a la sabanilla que en estos momentos Nelly sostiene en sus manos y con el que hará un abrigo para la hija de una amiga, a quien le hace ropa desde siempre.
Aunque muchos creen que Nelly desapareció después de su éxito parisino, la verdad es que nunca dejó de trabajar. Simplemente en los ochenta la estética cambió y el estilo autóctono perdió validez entre las elegantes nacionales. Eso no fue impedimento para que Nelly instalara un taller que exportó tejidos a Europa. Y en los noventa, de vuelta en Chiloé, organizara desfiles para los pasajeros del crucero Skorpios. Extranjeros que compraban fascinados y la retaban porque no aceptaba tarjeta de crédito.
Durante todo el año pasado Nelly se mantuvo alejada de las sabanillas y las agujas para bordar. Se olvidó de la mesa de trabajo que tiene en el segundo piso de su casa. Quería preocuparse de ella misma. Se trató un problema de salud que había postergado durante años y viajó a ver a su hija a Brasil. Descansó. No se dejó convencer por sus clientas que le pedían diseños.
Ahora está de vuelta. En su mesa de trabajo hay varias piezas de tejido. Tiene su agenda copada.
–Mis compradoras confían en lo que les hago. Sólo me dicen: hazme algo que te guste y te lo compro a ojos cerrados.
Comenta que podría hacer más cosas buscando alguna ayudante, pero sabe que su trabajo tiene que ser artesanal. Eso lo garantiza el trabajo solitario. Armando todo pieza por pieza. Sin bocetos. Sin ideas de otros.
–Me gusta que las texturas me digan lo que tengo que hacer. Por eso no funcionó el taller para exportar mi trabajo que inicié a principios de los ‘80.
Ese proyecto, que la entusiasmó y la llevó a contratar a varias artesanas, terminó colapsándola. Era un dolor de cabeza explicarles a los gringos interesados en sus diseños que no podía enviarles dos mil chaquetones todos iguales, en el mismo color. Para eso necesitaba mil artesanas que tejieran las sabanillas en telar, todas hiladas y teñidas con la misma mano.
- Además de ser imposible, es una tontera- dice con un gesto que bien puede parecer de conformidad tanto como de burla.
Nelly repite el gesto cuando le preguntan por qué no vende en tiendas exclusivas de Santiago. Sabe que no le pondrán el precio justo. Y, aunque sus precios no son de feria artesanal, jamás cobraría un valor inalcanzable. Si lo hiciera, asegura, estaría traicionándose. Como si no hubiese entendido el consejo de Neruda esa noche de celebración en París.
- Si hubiese querido comercializar mi talento, habría aceptado la oferta que Cardin me hizo en París para que trabajara en su taller. Ahora tendría más dinero, pero no sería tan feliz como soy ahora aquí en Chiloé. Armando mi ropa libre y tranquila. Porque lo mío es un cuento de nunca acabar. Me basta con salir a caminar, mirar el paisaje y las ideas aparecen mágicamente.
Termina de hablar. El viento choca contra las ventanas y desde algún lugar en la oscuridad, el oleaje ruge profundo. Como si estuvieran dándole la razón.
Fuente: El Mercurio
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Comentarios
Desde que tenia 17 años y lei el ariculo de amanda puz en la revista paula me sorptendio y admire a esta mujer
me encanta saber que continua fiel a sus origenes como diseñadora artesana y nunca de ha vendido me confirma que no me equivoque en la primera impresion que me causo hace mas de 30 años atras . yo tampoco he claudicado enmi opcion de vida que no es el caso detallar . Felicitaciones a nelly cuando viaje a Chiloe intentaré visitarla
Nelly Alárcon, tu artes es tan hermoso como una de tus hijas, la cual años atrás me robo el corazón y jamás me lo regreso. Me la saludas por favor y a tu nieta.
Nelly me encantó conocerla, hice algo parecido hace 20 años en lana negra, me impactó lo de Neruda. Hoy hago artesanía y más adelante viviré de ella. Trabajo en un liceo emblemático y una universidad estatal.- Atte Rose Marie
Nelly, es tan grato saber de Ud., nunca olvidaré el dia que la visité en su casa en el Centro de Castro , hace ya como 14 años…, donde le pedí que me confeccionara un abrigo, el cual todavía uso en los inviernos. En esa ocasión Ud. me preguntó de que color lo quería, yo le contesté que confiaba en su buen gusto, Ud. me llevó hacia una ventana, me tomó el mentón, me miró a los ojos y decidió el color…
un Gran saludo y espero poder saludarla en Cucao.
Apreciada Nelly:
Tuve el placer hace tres años de conocer su obra que ha trascendido fronteras, a través de la poeta chilota Sonia Caicheo, en un curso de Guías del patrimonio cultural chilote. Soy una argentíana que hace más de siete años llegó a este archipiélago de la mano de un chilote y desde el día en que pisé este suelo soy fanática de las prendas de lana hiladas por manos artesanas y teñidas con esencias del bosque nativo…
El chilote se fué pero yo me he quedado en esta isla que amo con una idea que podría unir las dos culturas.
Estoy en los inicios e investigación de la posibilidad de exportar este arte al sur argentino, inicialmente.
Le ruego encarecidamente alguna guía en este sentido y si es posible aprender de sus experiencias.
Desde ya agradecida
MICAELA









Nelly,lei este articulo,y me siento muy interpretada en lo que haces,soy diseñadora autodidacta,hace 5 años me vine a pucon,amo este lugar,ya que aca descubri de las cosas que puedo hacer,pero me falta empuje,tengo 3 hijos los cuales viven con su Padre en Concepcion,no los puedo tener conmigo por mi situacion economica…todo lo que pueda ganas lo invierto en lanas,telas….sabes DISEÑAR es mi pasion,pero aca en pucon las ventas son en estas fechas demasiado malas,voy a santiago a ofrecer y vender algunas cosas,pero mi salud no me acompaña mucho……ojala podamos estar en contacto,
Infinitas Bendiciones.
Digna Guzman Medel.